Territorio comanche (1994) de Arturo Pérez-Reverte es un pequeño gran libro (96 páginas) sobre el imposible oficio del reportero de guerra, fotógrafos y reporteros que captan sus horrores con imágenes y palabras.

Arturo Pérez-Reverte, habla de esos horrores, durante la jornada en que sus dos personajes, dos españoles, el fotógrafo Márquez y el periodista, Barlés, están esperando captar el momento en que el puente de la ciudad de Bijelo Polje al norte de Montenegro, vuele por los aires. Márquez y Barlés llevaban tres años en la antigua Yugoslavia, habían reunido fotos de puentes intactos o destruidos entre explosiones, humaredas, llamas, escombros, bombas, minas, misiles, tanques, cañones de 100 mm.  Pero nunca habían captado un puente en el preciso momento de volar por los aires.

La narración gira en torno a la espera de “el momento de hacer saltar” el puente de la ciudad, reflexionando, más que describiendo, sobre la “Guerra de Bosnia” (1991-1995), el infame conflicto bélico de causas complejas y centenarias, –políticas-nacionalistas-étnicas-religiosas– que estallaron a la disolución de la antigua Yugoslavia.  La narración nos lleva también a otras guerras contemporáneas: Kuwait, El Salvador, Bucarest, Beirut, Kabul, Jorramchar, Managua, Mozambique, El Aaiún, Eritrea, Libia, Argel, Bagdad. Y “Sí, Kukunjevac fue la guerra de verdad, no existía Hollywood capaz de reconstruir aquello…”

Arturo Pérez-Reverte fue periodista de guerra, así que sabe de lo que habla y lo hace con un vocabulario que hace innecesarias las explicaciones.  Poco a poco los lectores no vamos familiarizando con los “javeos”, los militares del “HVO”, el Consejo croata de defensa; la Armija, el ejército de la república de Bosnia Herzegovina; los refugiados serbios; los “zapadores” “soldados que trabajaban en obras”, esto es los militares encargado de instalar las cargas y detonarlas. Y conocemos el repertorio bélico: cajones de pentrita y otros explosivos, balas, esquirlas, proyectiles con trayectorias “tensas, curvas, lineales o caprichosas”, Kalashnikovs, francotiradores, morteros, fosas comunes de todos los bandos, etcétera.

Y el muy interesante acercamiento a la jerga del oficio de reportero de guerra:  entradillas, televisión, la “deadline” para enviar la nota, la imagen, la hora en que se cierra la edición del periódico o el Telediario, la reserva del satélite, el montaje, la edición, las baterías, cámaras, cintas de reserva, micrófonos, trípodes, cables, ordenadores, chalecos antibalas, cascos.  Y los medios para los que trabajaban: Televisión española, CNN, NBC, AFP, ABC, El Mundo, la red Eurovisión, RAI, españoles, argentinos, franceses, italianos, alemanes, curtidos o jóvenes, freelancers desconocidos, congregados en hoteles de periodistas, porque“cada guerra tenía el suyo”

Para un reportero de guerra “Ir de shopping” significaba recoger un recuerdo como un trozo de metralla y “territorio comanche” era el momento en que el instinto le dice al reportero de guerra, que pares el coche y des media vuelta. “El lugar donde los caminos están desiertos y las casas son ruinas chamuscadas; donde siempre parece a punto de anochecer y caminas pegado a las paredes, hacia los tiros que suenan de lejos, mientras escuchas el ruido de tus pasos sobre los cristales rotos…  Territorio comanche es allí donde los oyes crujir bajo tus botas, y aunque no ves a nadie sabes que te están mirando.  Donde no ves los fusiles, pero los fusiles te ven a ti.” 

“El eterno dilema en territorio comanche es que demasiado lejos no consigues la imagen, y demasiado cerca no te queda salud para contarlo”

“Arrodillado en la cuneta, Márquez tomó foco en la nariz del cadáver antes de abrir a plano general.  Tenía el ojo derecho pegado al visor de la Betacam, y el izquierdo entornado, entre las espirales de humo del cigarrillo… Márquez tomaba foco en cosas quietas antes de hacer un plano, y aquel muerto estaba perfectamente quieto.  En realidad, no hay tan quieto como los muertos”.

 

En la guerra, todos “los muertos se parecen una barbaridad…”

Territorio comanche. Arturo Pérez-Reverte. Barcelona: Penguin Random House Grupo Editorial. 2015. 96 págs. Edición de Kindle.