En Todos los nombres (1997) y El cerco de Lisboa (1989), la maravillosa prosa del escritor portugués José Saramago (1922-2010. Nobel de Literatura 1998), convergen la voz de los protagonistas y la del narrador omnipresente que describe, opina, habla y cuestiona.

Raimundo Silva
História do Cerco de Lisboa. El cerco de Lisboa (1989)
El cerco a la ciudad de Lisboa en el año de 1147 por el que sería el primer rey de Portugal, Alfonso Henríquez (Alfonso I), se inscribe en el contexto de la ocupación musulmana en la península ibérica y la Segunda Cruzada. De 714 a 1147 la ciudad de Lisboa fue conocida bajo el nombre árabe de al-Ushbuna. De la pronunciación árabe de al-Ushbuna derivó el nombre actual en portugués: Lisboa. Alfonso Henríquez solicitó la ayuda de las fuerzas cruzadas para llevar a cabo la toma de la ciudad, entonces bajo dominio musulmán —Lisboa seguía siendo almorávide en 1147, la única plaza del Gharb al-Ándalus que aún no había reconocido el poder almohade—. La historia consigna que fue apoyado por los cruzados —ingleses, flamencos y alemanes— que iban en camino a la Segunda Cruzada. La toma de Lisboa marcó la consolidación del reino portugués.
El cerco de Lisboa (1989) empieza con un “NO”. El protagonista es un corrector de textos que alteró la verdad histórica del relato que revisaba, con la idea de que los cruzados NO ayudaron a los portugueses a tomar la ciudad de Lisboa. Saramago, a través de su personaje, reflexiona sobre cómo se construyó esa historia, en lo que se cuenta y en lo que se omite, en que una historia puede no ser verdadera, pero siempre verosímil.
“El corrector tiene nombre, se llama Raimundo…” Ya era hora de saber el nombre de la persona de la que hemos venido hablando”. Raimundo Silva es un hombre en sus cincuenta, había tomado la decisión de dejar de teñirse el pelo, es soltero, vive al pie del “Castillo”, en lo que fue la ciudad mora. Su biblioteca tiene todos los libros que ha utilizado en su profesión de corrector. “Los autores viven en las alturas, el corrector resuelve los problemas”. Los correctores revisan los “tópicos o lugares comunes, frases hechas, muletillas, las palabras de relleno, las sentencias y los adagios deben valen si saben manejarse las palabras que vienen antes y después”. Cuestiona palabras que no eran de ese tiempo. Para Raimundo Silva todo es literatura, las historias no son reales, fueron. Está “más preocupado con la verosimilitud que con la verdad que tiene por inalcanzable”.
Está ocupado revisando otra historia del cerco a la ciudad de Lisboa, de 437 páginas, otra repetición de las historias del cerco: la descripción de las murallas, la entrada de las naves de los cruzados al Tajo, el ultimátum, los trabajos del sitio, los combates y asaltos, la rendición y el saqueo. Le parece una narración cargada de exageraciones épicas, de embellecimientos. Todas las historias del cerco están basadas en la crónica de Osberno, un clérigo y cruzado anglonormando que participó en el sitio: De expugnatione Lyxbonensi, «De la conquista de Lisboa».
Raimundo Silva duda de lo que lee y se irrita; desea poder desmentir las exageraciones, los embellecimientos oratorios, los equívocos históricos. Primero con escepticismo, luego con horror lee el discurso del rey ante los cruzados y obispos, frailes y letrados y piensa “Este discurso no hay quien se lo crea. ¿Que dijo Alfonso Rey a los cruzados? Imposible de saberlo”.
El corrector no pudo aguantar más cuando leyó que los cruzados aceptaron auxiliar a los portugueses a tomar Lisboa. Raimundo Silva se sabe un corrector serio, no un prestidigitador; debe guardar sus dudas. Pero deja salir a su Mr. Hyde y, con mano firme, sujeta el bolígrafo y añade una palabra a la página, una palabra que el historiador no escribió, que en nombre de la verdad histórica nunca podría haber escrito: no. Ahora lo que el libro dice es que los cruzados no auxiliaron a los portugueses a conquistar Lisboa.
Raimundo Silva entregó el texto corregido y alterado con su “no”. La editora tardó trece días en encontrar el error.
El director literario, el jefe de producción y una mujer a la que no conocía, le pidieron que escribiera una carta de aceptación del error. “La mujer preguntó por qué había cometido una alteración tan drástica y evidente. La mujer lo perturbó. Aceptó no tener una respuesta satisfactoria, fue como estar entre un doctor Jekyl y un mister Hide”.
La doctora María Sara, menos de cuarenta, no muy alta, de piel mate, pelo suelto y castaño, ojos de mismo color, boca pequeña y llena, es la nueva responsable de los correctores.
María Sara lo cita en privado. Raimundo Silva le dice que no le pida que se lo explique, que fue algo que sintió. Y ella le hace una sugerencia insólita: que escriba una historia del cerco de Lisboa en la que los cruzados, precisamente, no hayan querido ayudar a los portugueses, tomando al pie de la letra la palabra que él mismo introdujo.
Raimundo Silva acepta la petición de María Sara. Con la paciencia y obsesión del buen detective, después de preguntarse qué iba a escribir, decidió que su relato empezara en el momento en que los cruzados respondieron que no a la petición del rey. Pero era necesario retomar el discurso de don Alfonso Henríquez, a sus interlocutores, revisar las fuentes, leer a Osberno, el estado de las tropas, los barcos, las armas, los acompañamientos femeninos.
Raimundo Silva vuelve a leer el discurso del rey para imaginar lo que pudo haber sucedido. Se plantea hipótesis, se decanta por la contradicción entre los cruzados sobre si ayudaban o no. Los cruzados se fueron; algunos se quedaron: trece mil hombres de diferentes lenguas. Desde su balcón podía ver dónde habían estado acampados los portugueses —que todavía no se llamaban lusitanos— y sus pocos aliados. Tendrá que inventar otra historia. Sube al Castillo, recorre los restos de la muralla, colige dónde estaban las puertas. Desde lo alto ve la ciudad, el Tajo, e imagina los campamentos de los soldados.
Raimundo Silva sabe que ni es historiador ni ha escrito literatura. Quiere personajes que lo ayuden a construir su relato, que muestren que los hombres del pueblo influyen en los hechos. Se imagina a sí mismo como un soldado de infantería al que bautiza con el nombre de Mogueime, que relataba hazañas, que se enamoró de la gallega Ouroana, que defendió frente al rey el derecho al saqueo que debían tener miles de soldados de diferentes lenguas.
Para desarrollar la estrategia del sitio y el asedio, vuelve al “teatro de las operaciones”, sube al castillo, “desde cuyas levantadas torres pueden los ojos abarcar la extensión como un tablero de ajedrez donde pelearan, objetivamente hablando, los peones y los caballeros bajo la mirada del rey y de los obispos, acaso con ayuda de otras construidas torres, si vale la sugerencia de uno de estos extranjeros que con nosotros se ha quedado. Las armamos a la altura de las murallas y luego las llevamos empujando hasta unirlas. Después solo falta saltar dentro y matar a los infieles”
Al dominar las cuatro puertas de la ciudad los portugueses evitan la entrada y salida de moros, de alimentos, de pertrechos, de agua. Al mismo tiempo construían las torres de madera para trepar a la muralla, hasta que el primer boquete se abrió y entraron los portugueses que todavía no se llamaban lusitanos, y sus pocos aliados.
Lisboa estaba ganada. Se había perdido al-Ushbuna.
La nueva historia del corrector se intercala y se enriquece bellamente con dos historias de amor, la de Mogueime y Ouroana y la de Raimundo y Maria Sara.
Imagen del cerco de Lisboa generada por la IA Google Gemini (2026)
Todos os nomes. Todos los nombres (1997)
Don José
Todos los nombres trata sobre la identidad del ser humano y el significado de la vida, en un ambiente burocrático paralizado. Subyace su estructura que comparte con la novela negra: el enigma de la mujer desconocida, la investigación obsesiva del escribiente detective, y el suspenso, sublime diría yo, que Saramago va creando en torno a la investigación.
Todos los nombres están en la Conservaduría General del Registro Civil, los nombres de los vivos, y los nombres de los muertos.
La maravillosa prosa de José Saramago , hace protagonista a su narrador omnisciente, que describe, opina, habla y cuestiona al personaje-protagonista, don José, un escribiente de la Conservaduría.
Todo en don José era modesto y frugal. Tiene cincuenta y dos años y la mitad de ellos había sido un humilde escribiente. Era soltero, solitario, desaliñado. Su oficio en la Conservaduría le permitía “vivir” para conservar y aumentar el único motivo de su vida, su colección de “personas famosas”. Ya tenía ciento cuarenta y tantos expedientes de personas célebres o famosas, “como otros coleccionan otras cosas”. Y “Sin importar porqué eran célebres”. En ellos recogía noticias, vestigios, recortes de periódicos y revistas de noticias e imágenes de sus personajes famosos.
El narrador nos cuenta que siglos atrás se habían construido pequeñísimas viviendas para los funcionarios, dispuestas a lo largo de las paredes laterales de la Conservaduría y con dos puertas, la principal, que daba a la calle, y otra interior que comunicaba a las viviendas con la enorme sala de los archivos. Por un cambio en las ordenanzas de la ciudad se derribaron esas viviendas, excepto una que se conservó como memoria histórica. En esta casa vivía Don José. Le advirtieron que no podría abrir la puerta interior, y que debía entrar por la puerta principal, pero se les olvidó pedirle que entregara la llave de esa puerta.
El narrador describe la pequeñísima y humilde vivienda de don José frente a la inmensa complejidad de la Conservaduría. Casi sentimos el olor del papel viejo y observamos el trabajo de los ocho escribientes, los cuatro oficiales, los dos subdirectores y el jefe, el Conservador.
En las noches, cuando ya no había ni oficiales ni trabajadores de limpieza, Don José abría la puerta interior y entraba con una pequeña linterna. “Que no lo sorprendan”, pensamos atemorizados los lectores, mientras él recorría los archivos y ficheros, divididos en dos espacios, adelante el de los vivos, en la parte trasera el de los muertos. Como los archivos crecían sin parar, se tiraron paredes para aumentar el espacio de los estantes y anaqueles gigantes. Sentimos el miedo de don José al recorrer los espacios que se hacían obscuros y laberínticos conforme avanzaba, atiborrados de anaqueles, archivos desorganizados y de difícil consulta, el olor era cada vez más intenso, el aire más denso, y posiblemente, imaginaba, lleno de ratas, telarañas, alimañas. En una ocasión un investigador había desaparecido en ese laberíntico espacio por una semana, lo que obligó a los escribientes a utilizar “el hilo de Ariadna” para adentrarse en ellos.
El azar hizo que se traspapelara la ficha del registro de nacimiento de una mujer desconocida (esto es, “no famosa”). Don José la leyó varias veces y la reprodujo antes de colocarla de nuevo en el archivo de la Conservaduría. Quería saber todo de ella.
Con la paciencia y la obsesión del buen detective, emprendió la búsqueda de la mujer. Sólo conocía los datos de la ficha, había nacido 36 años antes, se había casado y divorciado.
El narrador relata y opina sobre todas las acciones de la investigación que don José fue realizando y apuntando en su cuaderno. El narrador le formulaba preguntas y don José respondía. El narrador le advertía de los riesgos a los que se enfrentaba. Pero don José más se obsesionaba.
¿Qué motivos desconocidos “metafísicos” dice el narrador, hicieron que don José copiara la ficha de la mujer desconocida?
Don José salió a buscarla. Se trasladaba en autobús, taxi o caminando, muchas veces bajo la lluvia. En la dirección anotada en el registro de su nacimiento estableció una relación con “la señora mayor del entresuelo derecha”, una viuda, solitaria y enferma, era la madrina de la desconocida. Había perdido contacto con la familia, pero le dio el nombre de la escuela donde había estudiado. Don José interrogó a los dependientes de los negocios cercanos, siguió las pistas que se le fueron presentando, saltó los obstáculos. Una noche entró a la escuela y encuentra una fotografía.
Don José lloró cuando creía que había agotado todas las opciones de su búsqueda. En su casa, recostado en su cama, en un “imaginario y metafísico diálogo con el techo” le preguntaba al techo de estuco qué hacer, “la sabiduría de los techos es infinita, sigue mirándome, a veces da resultado”.
Don José está en la Conservaduría copiando en las fichas los registros recientes de defunción. Su señora desconocida había fallecido.
ETIQUETAS: SITIO/GUERRA. CONTEXTO HISTÓRICO. ENIGMA
José de Sousa Saramago. Azinhaga, Portugal, 1922-2010.
José Saramago. Todos los nombres. España: Alfaguara. 2010. 306 págs. Edición de Kindle.
José Saramago. El cerco de Lisboa. España: Alfaguara. 2010. 342 págs. Edición de Kindle.
