Remil

Remil es un gran personaje, el protagonista y el narrador. Es el puñal de la dama blanca,  Nuria Menéndez Lugo, “la Gioconda” en su primera novela, El puñal (2014). Y un héroe infame en La herida (2017).

El periodista y escritor argentino Jorge Fernández Díaz (1960), comentó en una reciente entrevista (2018*), que :  “Durante 35 años he sido periodista de trinchera y sé que nosotros solo podemos contar el 20% de lo sabemos, porque el resto no tenemos forma de probarlo. Esa frontera infranqueable siempre me resultó atractiva: yo podía cruzarla con la ficción. Contar como novelista lo que no podía hacer como articulista o reportero. Remil es el resultado de esa necesidad”.*

 

“Tengo muchos nombres, pero en el ambiente me conocen como Remil. Es un chiste de la colimba* que se hizo popular en Puerto Argentino. Yo era un dragoneante cruel de la infantería. “Hijo de remil putas”, me decía mi sargento mayor todas las mañanas, durante los entrenamientos. Era un elogio. Quedó Remil”.

Remil es negro, no sabemos su nombre ni sus antecedentes familiares, tiene una gran capacidad física, está entrenado para cualquier contingencia y sus soledades las llena corriendo, boxeando, nadando en el mar y leyendo libros históricos.


“EL PUÑAL”

Cuando estoy haciendo mi bolso, Cálgaris entra en mi habitación con el libro de Plutarco y me muestra el prólogo, que firma un catedrático. Lee en voz alta una frase del historiador griego: “Un ejército de ciervos dirigido por un león es mucho más temible que un ejército de leones mandado por un ciervo””.

En El puñal, Remil narra la forma en que “La casita” fue contratada para proporcionar la seguridad en la transportación de la mercancía más pujante en la actualidad: la falopa.

Remil trabaja para “La casita”, una especie de agencia de seguridad paralela y secreta del gobierno argentino que funcionaba como una empresa de seguridad, proporcionando servicios por encargo, con sus propios recursos de inteligencia y contrainteligencia, con personal de seguridad altamente especializado, armamento muy sofisticado y técnicos de espionaje electrónico. Y como empresa, con sus propias formas de financiamiento.  El titular de “La casita” es el Coronel Cálgaris y Remil es su mejor agente.

Remil no habla de la producción de la droga, ni de la cadena de compradores y revendedores una vez que la mercancía llegaba a Cadiz, Vigo o a algún puerto en África del Norte, “donde se sobornan autoridades, alguna se queda en Europa, otra avanza, y cuanto más avanza, más cuesta”.  La misión que narra Remil era proporcionar la seguridad para que los paquetes de coca pura con el sello de un dragón, que les llegaban en avión a pistas clandestinas en el noroeste Argentina, pudieran ser trasladados a las empresas montadas para su camuflaje en botellas de vino Malbec, en muebles y espejos y en contenedores con merluzas. Y convertirse en guardaespaldas de la abogada gallega Nuria Menéndez Lugo, la directora de operaciones de esas empresas creadas por un grupo de empresarios españoles asociados con políticos, funcionarios, líderes sindicales y empresarios argentinos y fusionadas en un “holding” de compañías exportadoras.

“…—¿ Vamos a traficar cocaína, coronel? —No, solamente vamos a custodiar a la Gioconda. No me sorprende que recuerde la anécdota: tiene una memoria prodigiosa. Aplasto el pucho, me cruzo de brazos. —No entiendo bien cuál es la diferencia —digo. —Estos no son pistoleros, son gerentes. Quieren aplicar el management empresario, y necesitan un jefe de seguridad…”

Durante un tiempo la operación fue un éxito rotundo: la mercancía era abundante, las formas de exportación eran creativas y variadas  y los métodos financieros disfrazados “en un sistema de lavado a través de créditos, con más de seiscientas empresas falsas con sedes en cuatro paraísos fiscales”, y “valijeros” que viajaban a Montevideo para despachar los fondos. “Siempre en cuentas pequeñas, que no superan los dos millones de dólares. Arman triangulaciones, y tienen cientos de trucos para lavar el dinero, para fragmentarlo, para hacerlo desaparecer o para reingresarlo en el sistema”.

 Hasta que una tarde, en el estacionamiento de un centro comercial de Buenos Aires después de haber gastado una fortuna, Nuria sufre un aparatoso atentado.  Los días siguientes los periódicos dan la noticia de que las autoridades federales gracias a unos soplos habían  intervenido y desvencijado la organización de “la dama blanca”. “Narcos intentaban exportar cuatrocientos kilos de cocaína en botellas de vino”.

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La narración de Remil reproduce un lenguaje salpicado de lunfardismos que refuerzan la intensidad de las imágenes de los traslados por Argentina, Bolivia y España, las de los violentos enfrentamientos con delincuentes, pistoleros y policías corruptos, y las delirantes y maravillosas escenas eróticas.  Él mismo, sobreviviente de la guerra de las Malvinas, describe opinando y reflexionando con amargura y con pesimismo. A través de sus ojos se van presentando las diferentes personalidades de los involucrados: el gran capo colombiano  “con anillo de oro y titanio, un Girard Perregaux Opera Three de quinientos mil dólares”, los abogados y el bróker de cuello blanco, el líder sindical y el empresario naviero, el corrupto, cruel y poderoso expolicía Bragoni, los delincuentes, argentinos, españoles, paraguayos, colombianos, serbios. Pero sobre todo, la personalidad de Nuria Menéndez Lugo, “la dama blanca”, “la Gioconda”.

La muy dinámica narración de las etapas de preparación y del boato exagerado producto del éxito de las compañías exportadoras, se intensifica cuando Remil tiene que huir para tratar de salvarse de la ira de los temibles rivales colombianos, del pavor de los involucrados, de la justicia argentina y de la DEA.  Se desactiva “la Casita” y Cálgaris, Nuria y sus socios desaparecen.

Remil quiere entender, sabe que para el gobierno y para todos, vale más muerto que vivo. Recuerda que durante la etapa de éxito, en una casa en el Cantábrico, Remil se había fijado en un llavero colgado de un clavo y que le pareció que ese llavero reproducía dos pequeños zuecos de plata con una letra “A” microscópica. Meses después, cuando huía buscando entender, sentado en un bar en Barcelona, hojeando un periódico abandonado, leyó la historia cultural del zueco. Macguffin perfecto que inserta el autor para que Remil se acerque a lo que quiere entender, porque sufre el síndrome del guardaespaldas, porque sucumbió a las órdenes de Cálgaris y a las contraórdenes de la emperatriz provista de un puñal.

“Y resulta que ese puñal vengo a ser yo. Nada ha cambiado en nuestra relación: la intimidad de los cuerpos no traspone nunca la frontera prohibida; el agradecimiento del placer carnal que suele trepar desde los genitales hasta el corazón sufre la ley de gravedad, y no surte efecto. Se le permite al centurión yacer en el lecho de la emperatriz con la misión de satisfacerla, pero no debe jamás despistarse y creer que tiene nuevos derechos. Solo aumentaron sus obligaciones”.

* Carlos E. Cué.  “Un espía tan infame como adorado” en “EL PAÍS”, 22 de enero de 2018l. https://elpais.com/cultura/2018/01/21/actualidad/1516533937_202846.html

**colimba, servicio militar

AutorJorge Fernández Díaz. Argentina. 1960.

FichaJorge Fernández Díaz. El puñal. Argentina: Grupo Planeta. 2014. 361 pages Kindle Edition.


“LA HERIDA”

“…La herida fundamental. Todos fuimos heridos alguna vez y nos pasamos los años luchando contra ese accidente, que algunos ni siquiera somos capaces de reconocer…”

En La herida (2017), Jorge Fernández Díaz  continúa la narración de Remil con el mismo ritmo vertiginoso, utilizando lunfardismos que enriquecen la lectura, reproduciendo con gran intensidad las imágenes de sus aventuras en Italia, en Buenos Aires y en la Patagonia argentina, y haciendo descripciones físicas y psicológicas hiperbólicamente espléndidas.  Remil pasa constantmente de un enfrentamiento a otro, y de una pifia a otra, porque tiene esa herida que el Coronel Cálgaris no le perdona.  Sabe que ha perdido su confianza y su estimación. Cálgaris le parece más protagónico e intransigente, con sus lecturas clásicas, sus disquisiciones sobre arte, en este caso italiano, y su afición por el jazz y la náutica.

Si bien la operación “Dama Blanca”, narrada en El Puñal, había sido un éxito, Cálgaris habia tenido en “siesta” a Remil, manteniéndolo como jefe de seguridad en un crucero. Después de catorce meses lo manda llamar a Roma. Calgaris le encarga infiltrarse en una especie de convención antimafia, pero en Nápoles la operación acabó en un desastre ridículo que fue muy publicitado en periodicos y redes sociales.  Calgaris hace que Remil lo acompañe a una invitación para recorrer las estancias vaticanas.  Mientras Cálgaris admira las obras de arte e intercambia eruditos comentarios con su guía, un cura saleciano del Palacio Apostólico muy cercano a Jorge Bergoglio, Remil escucha que el cura le encarga a Cálgaris la investigación de la desaparición de la hermana Mariela, Mariela Lioni, una monja que había estado realizando un gran trabajo entre los pobres en un barrio de Buenos Aires,  “…Una mujer adorada por los vecinos . – Y odiada por los narcos …se puso en la mira de los clanes – Hasta que desapareció…”. La monja había dejado una nota, “ La fe también se agota”.   Además Cálgaris lo manda como guadaespaldas de dos mujeres argentinas a las que recogió en el aeropuerto romano, Beatriz Belda y Diana Galves, la primera consultora-asesora de gran nivel internacional  y la segunda, una famosa diva de cine.

De regreso a Buenos Aires, Remil investiga la desaparición de la monja. Se introduce al submundo de Villa Puntal, el barrio controlado por la mafia de dos familias de origen peruano. Remil no solo no logra averiguar el paradero de la monja, sino que vuelve hacer el ridículo  desenterrando lo que acabó siendo los huesos de un caballo.

A su pesar, Calgaris lo hace responsable de la seguridad de otra operación, en la región de Patagonia, a donde Regil viaja con su equipo, “…la Gorda Maca. Que es siquiatra, astróloga aficionada y buchona.” Palma, el genio de la tecnología y la cibernética; y un ex comisario de la policia bonarense apodado “Gran Jack”.  Su trabajo es proporcionar todo el apoyo y seguridad a las dos mujeres que había conocido en Roma, Beatriz Belda y Diana Galves, quienes habían sido contratadas para mejorar la imagen del muy discutible y oscuro gobernador de la provincia. La operación tiene éxito, pero no por el cambio de imagen, sino para los fines del gobierno central que las había contratado a través de “La Casita”.   Pero Cálgaris vuelve hacerlo responsable de otros percances sucedidos durante el desarrollo de la operación.

“Si Cálgaris me viera en esta penosa situación – pensé – certificaría el grado de mi declive : primero la foto de mi culo en Nápoles , después la cara de otario frente a los huesos equinos de Villa Puntal y , finalmente , esta búsqueda nocturna del temible caniche blanco por las calles de Barrio Norte . El capítulo final podría llamarse : “ Decadencia y grotesco de un viejo espía argentino””.

Jorge Fernández Díaz. La herida. Argentina: Grupo Planeta. 2017. 249 págs. Edición de Kindle.