Teresa Battaglia

El bosque era una extensión de cristales, de cálidas madrigueras que acogían a animales acurrucados y de ramas cargadas con una blancura pesada que de vez en cuando se sacudían de encima, inclinándose hasta el suelo”.

La trama de Flores sobre el infierno, (Fiori sopra l’inferno 2018) de Ilaria Tuti (Italia, 1976) comienza días antes de la fiesta de San Nicola, la noche de los “Kamprus”, en Travenì, “una aldea arracimada en la cuenca que formaba una corona de montañas”.   Ubicada en el norte de Italia y a pocos kilómetros de la frontera con Austria, compartían el bosque y la historia.  En el bosque cuatro personas habían sido terriblemente atacadas; en el bosque vivía una “presencia”; los ataques son investigados por la comisaria Teresa Tattaglia, quien irá desentrañando el origen de esta increíble historia.

La comisaria Teresa Battaglia es muy apreciada por sus colegas, es diabética y está sufriendo los avances del Alzheimer.  Una “anciana rechoncha” según su nuevo colaborador, el inspector Massimo Marini.  “Un chaval que parecía haber salido de un anuncio de moda” según Teresa.

Travenì es una pequeña comunidad alpina cerrada en sí misma. Rodeada de valles, llanuras, bosques de densa vegetación, lagos y ríos corriendo entre las rocas y el hielo formando estalactitas y picos nevados milenarios “un mundo alejado…, un mundo que susurraba la pequeñez humana, que sugería hasta qué punto eran inútiles nuestros afanes”.

La “presencia” vive en los bosques que rodean Travení. Sabremos que espiaba a Diego, Lucía, Oliver, Mathias, cuatro niños amigos que tienen un lugar secreto donde se reúnen, se cuentan sus secretos, sus angustias, las cosas que los asustan, lugar que los conforta de sus hogares disfuncionales.

La primera víctima había sido encontrado en el bosque, en un lugar de pinos bajos, estaba desnudo, había sido afeitado pero tenía la cara destrozada. Le habían arrancado los ojos. Yacía en una escena meticulosamente preparada, como una escenografía. El asesino había realizado un muñeco vestido con sus ropas, sin nariz.  El perfil del asesino le sugiere a Teresa una ritualidad, “ y la ritualidad lleva a realizar de nuevo el acto. Es así como funciona, es así como nace un asesino en serie.. Entre veinticinco y los treinta años… Vive solo.  Tiene un aspecto ectomórfico, o bien debe estar dotado de una gran fuerza.. Tiene método… Es inteligente…”. El nombre de la víctima era Roberto Valent, ingeniero civil nacido y criado en el valle.  Era el padre de Diego.

En la casa de Lucía había aparecido una liebre desollada y decenas de huellas de manos impresas en las paredes, manos que recordaban a las pinturas rupestres.  Buscando a sus amigos en el bosque, Lucía llegó al monumento al granadero austrohúngaro. Vio a su mamá sentada, como si estuviera dormida, no estaba muerta pero la habían atacado, le habían arrancado la nariz y las orejas, a mordidas. Cuando llegó Teresa con su equipo, murmuró que el asesino “ Ataca como un animal, pero tuvo un cuidado casi exquisito al colocar el cuerpo de la primera víctima. Esta vez, sin embargo, no lo ha hecho”.  Parecía que el agresor quería robarles sus sentidos, la vista, el olfato, el oído. Tal vez, piensa, no tiene la capacidad de “sentir”. 

La tercera víctima se encontró en un jeep con el motor encendido, en una carretera que parecía tragada “por nubes bajas que rodeaban la montaña como una corona”. Estaba sentado con las manos sobre el volante, “—La piel está cubierta de sangre, pero la ropa está limpia —dijo… —No es piel. Se la ha arrancado. Luego le ha vuelto a poner la ropa”.  El hombre, era Abramo Viesel, el conserje de la escuela de Travenì que atormentaba a Oliver.

La cuarta víctima fue un niño recién nacido que fue secuestrado durante la noche de la fiesta del pueblo. Según la leyenda, en la noche de San Nicola los Krampus vagaban en busca de niños malos. Krampus significaba “garras”.  Era el hermano recién nacido de Mathias.

Teresa se enfrenta a un agresor que no usa armas, que caza con sus propias manos y que además los deja con vida “¿Un asesino en serie atípico?”.

Teresa y Marini están de acuerdo que para capturar a un asesino, primero se debe entender cómo razona.  Y aquí es donde la lectura de Flores sobre el infierno es muy interesante, sobre todo porque aporta fundamentos psicológicos e históricos.  En un “ayer” que se va intercalando en la trama, se va formando la historia de una institución del lado de la parte austriaca.  Un convento-orfanatorio. Y una historia terrible que lleva al pasado nazi.

Y sobre lo anterior, hay una conmovedora historia que nos hace preguntar ¿qué pasa con un ser humano privado desde su nacimiento de cualquier otro contacto humano?

Decir más es estropear el suspenso de esta increíble y real historia.

“—Pero ¿es que no os dais cuenta? —dijo—. Es él. Nuestro asesino es ese niño que nunca fue localizado. Se levantó, agitada, olvidada ya de todos sus problemas. —Se pinta la cara de blanco porque la forma más primitiva del amor es la identificación y él cada día veía el techo blanco de la habitación y una capucha blanca… la visión del recién nacido despertó algo en él. Tal vez en su subconsciente quedaron huellas de sus compañeros en la institución. Recuerda sus llantos. Recuerda recuerda su primera vida —dijo—. Y quiere recuperarla”.

Ilaria Tuti. Italia, 1976.

Ilaria Tuti. Flores sobre el infierno. Barcelona: Penguin Random House Grupo Editorial España. 2018. 324 págs. Edición de Kindle.

SPOILER: 

Nota de la autora:El estudio de los efectos devastadores del síndrome de privación afectiva en los recién nacidos, a los que hago referencia en la novela, fue llevado a cabo por René Spitz, un psicoanalista austríaco, nacionalizado estadounidense. Entre 1945 y 1946, Spitz observó a un grupo de noventa y un niños atendidos en un orfanato. Los pequeños, privados de las más elementales formas de amor, no crecían de forma regular, sufrían retrasos en el desarrollo cognitivo y motor, presentaban ausencia de mímica.. 

En ausencia de cuidados amorosos, los niños observados por Spitz descargaban su agresividad sobre su propio cuerpo, porque era el único objeto a su disposición: a pesar de estar bien alimentados, se dejaban morir. Las caricias, los besos, el contacto emocional son tan esenciales como la alimentación..”