Inspector Ramos

 

“¿Cuál es mi nombre… Blanca como la cima de las montañas, Cuervo como el de Edgar Allan Poe”.

Blanca Cuervo no recordaba cuándo había perdido la primera de sus siete vidas. La segunda vida la había perdido a los nueve años. A los dieciséis años se preguntaba cómo conseguir dinero. Su tercera vida terminó cuando Mercedes, que había heredado la droguería de sus padres no le dio el trabajo que le solicitó. Un año después perdió su cuarta vida.

El barrio donde vivía Blanca Cuervo estaba de espaldas al mar. Como en un lienzo, se va desplegando el último año de Blanca Cuervo, su personalidad y la de los otros personajes, incluyendo al policía y por supuesto, al pueblo. Hay un narrador en tercera persona y los personajes que se convierten también en narradores que describen y opinan cuando el inspector de policía los interroga.

Esta estructura narrativa que me permito llamar “de complementación”, hace que la lectura sea ágil, casi divertida, que no esconde la terrible historia que se cuenta. Una historia que probablemente se repite en muchos pueblos. ¿Qué más fácil que mostrar tu cuerpo joven a cambio del dinero de pervertidos anónimos?

Inspector Ramos. Extractos de sus diarios a partir de nueve días después de la desaparición de Blanca Cuervo. Había ido formando tres carpetas: una con la vida personal de Blanca; otra con los retratos que ella misma se tomaba; la tercera con las imágenes robadas de la Trastienda, como ella llamaba a la web que tenía un nombre en inglés. Todo el barrio sabía lo que Blanca Cuervo estaba haciendo, pero nadie avisó que era pornografía de menores.

Valeria Cuervo. “Yo puse mi nombre y mi cuenta, pero a mí fue a la primera a la que engañó”. La prima de Blanca habla de la cercanía entre ellas, del ansia que tenía Blanca de tener dinero, de su amor por la fotografía con la cámara fotográfica que ella le regaló, de la falsificación de su identificación para pasar por mayor de edad, de que le prestó su cuenta de banco para que ahí fuera ingresando lo que iba a ganar publicando fotos. No sabía quién compraba sus fotos. El novio de Valeria era Pablo Verdú, el Bicho.

Elena Rosales. La Lili. “¿Qué si me parece mal lo que hacía? Pues las cosas claras, que yo nunca fui de callarme: si vendes fotos tuyas desnuda a cualquiera que las quiera comprar, que podrían ser miles de personas, un poco guarra sí que eres”.

Mauro Ferraro. Recién llegado al pueblo.  BlanCA fue a su casa a contarle lo que estaba haciendo. “¿Usted saldría con alguien que vende fotos desnuda por encargo a cientos de personas en internet, y que se comunica a diario con sus… «clientes»? No es una bola tan fácil de tragar. Intenté no juzgarla, que conste”. A Mauro no le gustaba ir al gimnasio, dominado por Pablo Verdú, el Bicho, el novio de Valeria. También iba al gimnasio un exnovio de Blanca, Esteban Sarmiento. “Me entraron ganas de preguntarle a Esteban qué tal llevaba los efectos secundarios de los esteroides”.

Rosa María Doménech, subdirectora del instituto. Primero los rumores, luego la alumna Elena Rosales, su amiga, se lo confirmó. “Intenté traer algún taller alrededor del ocho de marzo, y no sabe la oposición a la que me enfrenté, fue imposible hacer nada. De educación sexual ya ni hablemos, brilla por su ausencia…”

Mercedes Santamaría. Blanca le había pedido trabajo en su droguería. “La vi la noche en la que desapareció, eso es lo que quería contarle…”.

El cuerpo de Blanca Cuervo apareció, sobre su pecho habían grapado una fotografía. Los periódicos informaban que el crimen estaba relacionado con las plataformas de contenido para adultos. Había permanecido diez días prisionera, sin comida ni agua.

Para el inspector las respuestas estaban en las fiestas de La Encina en medio de las cuales una niña aparentemente normal desapareció. El caso estaba lleno del caos cotidiano que caracteriza a los más difíciles de resolver. Después desapareció la prima de Blanca, Valeria Cuerpo.

 

La cuarta vida de Blanca Cuervo no necesita nombrar la ley para señalar su vulneración: la novela expone, a través de sus voces múltiples, cómo una comunidad entera puede presenciar la explotación de una menor sin llamarla por su nombre. Ese silencio colectivo —el “todo el mundo lo sabía”— es quizás el verdadero crimen que Quintas Garciandia retrata, tan grave como el que finalmente cuesta la vida de Blanca. Un libro obligado para padres y maestros.

 

ETIQUETAS. POLICIACO. PORNOGRAFÍA INFANTIL.

Alba Quintas Garciaindia (Madrid, 1994)

Alba Quintas Garciandia. La cuarta vida de Blanca Cuervo. Madrid: Ediciones SM. 2026