Han Kang, (Corea del Sur, 1970), es la primera escritora surcoreana en ganar el Premio Nobel de Literatura en 2024. Tinta y sangre (en coreano 바람이 분다, 가라 El viento sopla, vete), se publicó originalmente en 2010.
“«Plásmalo todo en una pincelada —decía el tío—. Piensa que todo lo que has vivido solo necesita un trazo para expresarse”.
Lee Cheonghee no creía que Seo Inju se hubiera suicidado lanzándose al vacío en el paso de Misiryeon. Tenía treinta y seis años y un hijo pequeño, Minseo. Habían sido amigas desde la adolescencia y compartido la pasión por la pintura. La infancia y vida de Cheonghee habían sido tristes; las de Inju habían sido trágicas. Dos mujeres marcadas por sus historias personales, y por los traumas heredados de sus madres. Un libro de enigmas y obsesiones.
La narración se completa con tres personajes masculinos: el tío pintor, maravilloso y misterioso. El escritor oscuro y enigmático. El psicólogo que guarda el misterio del paso de Misiryeong.
La estructura de la novela es una obra de arte. El tiempo de la narración no avanza de forma lineal, sino en una espiral concéntrica, esto es, que da vueltas alrededor de un centro, el presente, aumentando o disminuyendo su distancia. En esa espiral las voces narrativas se entretejen en los sueños, los recuerdos y las reflexiones. La naturaleza —viento que corta, lluvia, nieve, frío— impregna cada página conviviendo con el ambiente intelectual —astrofísica, mecánica cuántica, la pintura y los mitos milenarios sobre el origen del cosmos.
Al principio del libro, Seo Inju llevaba un año de muerta.
Cheonghee no deja de moverse, regresa al taller, a la pintura, a la vida de Inju y de Minseo, al recuerdo del tío. Se obsesiona por descifrar sus enigmas a través de la pintura. Tras soñar con un pájaro blanco que se desvanece, comprende que no quiere escribir sobre sí misma para no “vaciarse” como el ave; su urgencia es volcar en papel la vida de Inju, la memoria del tío, los momentos que compartieron. No quería escribir sobre sí misma, quería escribir sobre Inju, sobre el tío y los cuadros que habían pintado. Para que ella, también pudiera comprender a Inju y a su muerte.
«¿Qué otra razón pudo tener para ir a Misiryeong cuando había nevado, a esas horas y sin ponerle cadenas a las ruedas?»
La obsesión de Lee Cheonghee por descubrir qué ocurrió en los últimos meses de su amiga va revelando la vida de ambas desde la escuela secundaria, cuando vivían en la misma calle, en Suyuri, donde «siempre se oía el viento en invierno». Lee Cheonghee nació en 1970. Su madre tenía un pequeño restaurante en el que trabajaba desde la madrugada hasta entrada la noche, sin ayuda del padre ni de sus otros dos hijos varones, y llegaba oliendo siempre a trabajo y a ungüento para la artritis de las rodillas. Muy joven, Lee Cheonghee dejó esa casa; vivía en un departamento modesto y se mantenía traduciendo textos. Había escrito una obra de teatro de relativo éxito titulada Cállate (“Mi dolor es como la cara oculta de la luna. Nadie puede verla, ni ustedes… ni siquiera yo”).
Cuando la ansiedad la asfixiaba solo quería leer ¿Cómo nacen las estrellas? y observar la fotografía a color de una supernova en explosión: «Es roja y a la vez azul; blanca y a la vez negra. Es muerte y a la vez comienzo. De la energía liberada por la explosión de la vieja estrella, nace una nueva estrella entre las blancas nubes interestelares».
Cheonghee vio ese libro por primera vez en el taller de Lee Dongju, el tío materno de Inju. Ahí, Lee Cheonghee dejaba de ser una adolescente, dejaba de ser la hija de la dueña de un restaurante, dejaba de tener quince años, dejaba de ser Lee Cheonghee. Lee Dongju pintaba sabiendo que la galaxia seguía girando, que las supernovas explotaban y que el universo se expandía. Pintaba aquejado de una enfermedad hematológica que le llenaba el cuerpo de hematomas y moretones y que lo hacía caminar “despacio, como si tuviera miedo de dañar la tierra”
«—¿Todo esto lo ha pintado usted?
—Lo ha pintado el agua. Yo solo me ocupo de que fluya bien o de bloquearla. Es como cuidar plantas».
Murió a los treinta y siete años por un derrame cerebral.
“La tinta es roja y la sangre es negra”. Cero e infinito. Si se multiplica cualquier número por cero, se convierte en cero, absorbido por un agujero negro; pero si se lo divide por cero, da infinito.
Presente. Kang Seogwon es un escritor sombrío obsesionado con Seo Inju. Cuando murió Seogwon compró el departamento-taller de la fallecida, adquirió todas sus pinturas, y escribió un libro sobre ella. Estaba empeñado en inmortalizar su nombre. Cheonghee lo confronta: “¿Para conseguir todo eso tiene que convertir la muerte de Inju en un suicidio?”.
Lee Cheonghee le pide que la deje ver las últimas pinturas de Inju, las que estaban inspiradas en las del tío, en las que solo usaba tinta y agua.
El giro policial de la novela da un giro que decisivo. Cheonghee encuentra en los bolsillos de un abrigo de Injgu una críptica anotación a lápiz en el reverso de una foto de las dos: “12-11 mar 4-5 Donam 2 150 H Telecom 7-11 5”: una fecha, una dirección, la del psicólogo Ryu Inseop.
Cheonghee llega a su consultorio, tenía el cabello completamente cano, había una fotografía del paso de Misiryeong (el “volcán de hielo”) colgada en su consultorio. Yo la tomé, le dijo.
Inju lo había visitado antes de morir. Había conocido a la madre de Inju. Lee Gongseon cayó en el alcoholismo y la depresión tras la muerte de su esposo en un accidente automovilístico. Se suicidó cuando Inju tenía apenas once años y ella quedó a cargo de su tío, el pintor enfermo. Ryu y Dongseon se habían conocido porque daban clases particulares a Jinsu, el hijo de un hombre muy influyente. Ella estaba embarazada. Una noche de alcohol y música, tomaron el coche del padre del alumno y viajaron hacia Misiryeong; el auto encalló en la nieve y, en el caótico regreso Jinsu fue atropellado. Ryu fue injustamente culpado y pagó con cuatro años y ocho meses de prisión.
Al adentrarse en los secretos familiares, tanto de ella como de Seo Inju, las figuras de las madres cobran un peso desgarrador. El psicólogo aconseja: «Cierre la tapa de los ataúdes de los muertos, séllelos con clavos y entiérrelos para siempre».
Hacia el final Cheonghee espera frente a un semáforo con un sobre que contiene la foto de su amiga, treinta páginas impresas y una sinopsis con la estructura definitiva del libro que está escribiendo. Había estructurado su libro en los cuatro elementos que emulaban la evolución pictórica de Inju: El aire: La época previa a la pintura, cuando Inju se elevaba con una pértiga como un chamán siberiano. El agua: Los tres años de aislamiento submarino tras la muerte de su tío, caracterizados por cuerpos negros sumergidos que buscan la luz en el abismo. El fuego: El periodo de máxima actividad, donde árboles iluminados de rojo y raíces se estiran como llamas sobre el agua. La tierra: El retiro final donde, emulando a su tío con agua y tinta negra, los cuatro elementos explosionan en estrellas blancas, antes de que el cuerpo se rompa, se vuelva barro, se pudra y desaparezca.
“—Mi libro será una especie de refutación del suyo —afirmo con seriedad”.
“—Tú la mataste —escupo, apretando los dientes—. Tú mataste a Inju, ¿verdad? Seguiste a su coche. Chocaste contra ella por detrás y te lesionaste la espalda por el impacto”.
Después trataría de matarla a ella.
“Una vez, solo una, me cogiste la cara y me estampaste un beso en la boca. Me sorprendí tanto que me quedé quieta y te dejé hacer. —¿Por qué has hecho eso? —Porque quiero comprenderte”.
ETIQUETAS: ENIGMAS. OBSESIÓN. PINTURA.
Han Kang (Gwangju, Corea del Sur, 1970).
Han Kang. Tinta y sangre. Barcelona: Penguin Random House Grupo. 2026. 324 p. K.