Tango satánico (1985, en húngaro Sátántangó) es una novela de descomposición social: se pudren el orden, los cuerpos, las casas, las esperanzas. Hasta el mesías huele a podredumbre.
László Krasznahorkai (Hungría 1954, premio Nobel de Literatura 2025) muestra en Tango satánico (1985), su primera novela, que el arte puede tener un lado oscuro y, al mismo tiempo, un lenguaje excelso que la traducción del húngaro al español logra transmitir con toda su contundencia: “el tiempo se acumula sobre las palabras como algas gelatinosas sobre los fósiles”.
No es fácil escribir una reseña de este libro, ni por la forma ni por el contenido. Una trama de desahuciados y de putrefacción. Frases larguísimas, lenguaje sórdido, estructura en doce apartados donde la narración avanza y retrocede —de ahí, quizás, la idea de cómo se baila el tango—. Descripciones grises de ambientes fangosos con lluvias incesantes, vientos que golpean viviendas decrépitas, interiores penumbrosos, húmedos y malolientes. ¿Alegoría del hundimiento del socialismo en Europa del Este y de la incapacidad humana para escapar de la degradación?
La acción se sitúa a fines de la época socialista en Hungría, “Al finalizar el Paleozoico, un proceso de hundimiento se inicia en toda Centroeuropa. Lógicamente, nuestra tierra húngara también se ve afectada”. Son los últimos días de una aldea agrícola, con un campo que ya nadie trabaja, convertida en tierra de nadie, reseca y agrietada. Las casas, alejadas unas de otras, son habitadas por los pocos pobladores que se mantienen por inercia o esperan cobrar algún dinero de “la explotación”, como llama a la cooperativa disuelta.
Un director de escuela sin alumnos. Un doctor que “se vio a sí mismo en una cruz de madera formada por la cuna y el ataúd“, que ya no cura y que pasa los días bebiendo y observando desde su ventana, obsesionado por documentar la desintegración del orden: “la explotación se venía abajo desde que se decretó su desmantelamiento, por eso había decidido observarlo todo y anotarlo”. Llena de apuntes los cuadernos de Schmidt, Kráner, la señora Halics, Futaki, la señora Secadal. Registra “la secuencia de los ademanes humanos más insignificantes, pues ahí residía la única esperanza de no terminar convertidos algún día en prisioneros enmudecidos y sin rastro de ese orden satánico que eternamente se descomponía y eternamente se levantaba“.
Agobiados por la lluvia y el abandono, los pocos pobladores de la explotación comparten lechos y beben. En la fonda —único lugar con vida— se concentran miserables y apáticos, a la espera de su última esperanza: Irimías, que no había muerto, que viene hacia la explotación. “«A ver, ¿hasta cuándo vamos a esperar?» resonó y se multiplicó como todas las palabras que ya no pueden retirarse”. La fonda, iluminada por los relámpagos. Las imágenes desfilaban en silencio.
El fondista había comprado la fonda, pero las arañas no estaban incluidas en el trato. Intentó eliminarlas con todos los medios y métodos imaginables; lo más terrorífico era que nunca había visto una sola araña. Se refugiaba en los números, porque los números guardaban una misteriosa evidencia, una “noble sencillez” menospreciada: “¿existía la serie numérica capaz de vencer a ese Irimiás, a ese tipo fibroso, canoso, de mirada inerte, a esa mierda, a esa basura, a ese gusano que merecía un lugar en las cloacas?”
Estike, la hija menor de la señora Horgos, había sido encontrada muerta. Su hermano mayor, Sanyi, le había revelado “el secreto más extraordinario jamás visto: el secreto del árbol de dinero”.
Irimías, mesiánico y corrupto, les había prometido un nuevo comienzo. Lo veremos siempre caminando hacia adelante, fumando, seguido del inseparable Petrina. En la fonda, los que lo esperan, beben, dormitan, pelean, se odian, bailan borrachos un tango al son de un bandoneón cubierto de telarañas.
La belleza de la obra de Krasznahorkai nace de la degradación.
ETIQUETAS: DESCOMPOSICIÓN SOCIAL. DEGRADACIÓN.

László Krasznahorkai (Gyula, Hungría, 1954).
László Krasznahorkai. Tango satánico. Barcelona: Acantilado. 2017. 241 p. K.