“Durante muchos años la casa de Archimboldi, sus únicas posesiones, fueron su maleta, que contenía ropa y quinientas hojas en blanco y los dos o tres libros que estuviera leyendo en ese momento, y la máquina de escribir que le regalara Bubis…”

2666 de Roberto Bolaño (1953-2003) es una de las grandes novela de la literatura en español de las pasadas décadas.  Fue publicada póstumamente en 2004. Trasciende cualquier otra categorización que no sea la literatura en su más extraordinaria manifestación y nos reta a que la clasifiquemos en un género o definamos su tema. Como en una epopeya, como en la Odisea, muchas historias, muchos extraordinarios personajes giran en torno a la historia de Archimboldi, y tal vez el mismo Bolaño,  es el “epígono barojiano” de un mundo transitando a la globalización. Pero lo que no son ficción, son la tremendas 386 páginas sobre las jóvenes mujeres asesinadas en el norte de México.

 

“La parte de los críticos” (211 páginas),

“La primera vez que Jean-Claude Pelletier leyó a Benno von Archimboldi fue en la Navidad de 1980 en París, en donde cursaba estudios universitarios de literatura alemana, a la edad de diecinueve años. El libro en cuestión era D’Arsonval…”*

El enigma de la novela de Bolaño es el escritor alemán Benno von Archimboldi, un autor a quien sólo su editor conoció en persona.

El francés Jean-Claude Pelletier, el español Manuel Espinoza, el italiano Piero Morini y la inglesa Liz Norton, son críticos literarios especialistas en la obra de Benno von Archimboldi y asistentes habituales durante los años noventa, a congresos, coloquios y mesas redondas sobre Archimboldi y la literatura alemana (“Heine y Archimboldi: caminos convergentes”, “Ernst Jünger y Benno von Archimboldi: caminos divergentes”, “La insularidad en Archimboldi”, “El misterio de Archimboldi”).

Bolaño, tal vez con un poco de sarcasmo, describe la crítica literaria y esas reuniones en las que se leen unos a otros. Y también, tal vez, por aquello de que las deudas se pagan, el autor irá mencionando a los grandes escritores alemanes.

Los cuatro críticos habían estudiado y traducido a sus propios idiomas los libros de Archimboldi. El autor era un enigma, sólo sabían que era rubio y muy alto. Durante un congreso en la ciudad francesa de Toulouse, un joven estudiante mexicano les habló de que un amigo del DF que había conocido a Archimboldi.

Pelletier, Espinoza y Norton viajaron desde París al DF, en donde los esperaba el Cerdo.  Allí pasaron la noche en un hotel y a la mañana siguiente volaron a Hermosillo…” “…y desde el aeropuerto telefonearon al rector de la Universidad de Santa Teresa y después alquilaron un coche y partieron hacia la frontera.  Al salir del aeropuerto los tres percibieron la luminosidad del estado de Sonora. Era como si la luz se sumergiera en el océano Pacífico produciendo una enorme curvatura en el espacio.  Daba hambre desplazarse bajo aquella luz, aunque también, pensó Norton, y tal vez de forma más perentoria, daba ganas de aguantar el hambre hasta el final”.

Los críticos literarios y especialistas en el escritor alemán Benno von Archimboldi se reúnen en la Universidad de Santa Teresa, con el rector y con un “un tal profesor Amalfitano”.

 

“La parte de Amalfitano” (90 páginas).

“No sé qué he venido a hacer a Santa Teresa, se dijo Amalfitano al cabo de una semana viviendo en la ciudad. ¿No lo sabes? ¿Realmente no lo sabes?, se preguntó. Verdaderamente no lo sé, se dijo a sí mismo, y no pudo ser más elocuente”.*

En Santa Teresa (identificada como Ciudad Juárez en el estado de Chihuahua) comienza el horror de la ciudad y de Oscar Amalfitano.  Chileno de cincuenta y tres años, había sido contratado por la Universidad de Santa Teresa como profesor de filosofía cuando se le terminó su contrato en la Universidad Autónoma de Barcelona. Era viudo, tenía una hija adolescente de nombre rosa Rosa, y llegaron a vivir en una casita en cuyo porche se sentaba a recordar a su esposa Lola, “la locura es contagiosa” o en su jardín quebrantado, a pensar y repensar en la geometría y en el libro Testamento geométrico, que había colgado en el tendedero.

Las voces y el terror se fueron acrecentando en él conforme escuchaba las noticias sobre las jóvenes muertas que aparecían en la ciudad de Santa Teresa. “Tú enseñas filosofía? dijo la voz. ¿Tú enseñas a Wittgenstein?

(Oscar Amaliftano aparece como el protagonista de otra novela póstuma de Bolaño: Los sinsabores del verdadero policía).

 

“La parte de Fate” (162 páginas)

“¿Cuándo empezó todo?, pensó. ¿En qué momento me sumergí? Un oscuro lago azteca vagamente familiar. La pesadilla. ¿Cómo salir de aquí? ¿Cómo controlar la situación? Y luego otras preguntas: ¿realmente quería salir? ¿Realmente quería dejarlo todo atrás? Y también pensó: el dolor ya no importa.  Y también: tal vez todo empezó con la muerte de mi madre. Y también: el dolor no importa a menos que aumente y se haga insoportable. Y también: joder, duele, joder, duele. No importa, no importa. Rodeado de fantasmas. 

Quincy Williams tenía treinta años cuando murió su madre…”.*

Quincy Williams, “Oscar Fate”, es un gran personaje, un periodista afroamericano del Amanecer Negro, una revista de Harlem.

Después de enterrar a su madre, Fate viaja a Detroit para realizar la entrevista con Barry Seaman; otro gran personaje y otra gran historia (o historias) sobre el activismo de los afroamericanos.

Una eventualidad cambia el rumbo y la vida de Fate, cuando el periodista que cubría las peleas de box del Amanecer Negro, fue asesinado en Chicago. Fate, que no sabía nada de box, es enviado a cubrir la pelea.

De Detroit viaja a Tucson, cruza la frontera y el desierto hasta la ciudad de Santa Teresa. A través de Fate, Bolaño va describiendo las contradicciones de la ciudad y sus alrededores, el mundo de las peleas de box, la droga y sus capos.  ¿Fate o Bolaño o ambos o nosotros los lectores? nos rendimos, impotentes, ante el imposible enigma de tantas jóvenes muertas.  (Y ¿quién no?) Fate conoce a Rosa y su padre Amalfitano, quien ya paranoico, le da dinero para que saque a su hija de la ciudad.

De camino a la frontera con Estados Unidos, Fate, Rosa y la periodista Guadalupe Roncal visitan el presidio de Santa Teresa.  Habían detenido a un sospechoso del asesinato de jóvenes, “Nadie presta atención a esos asesinatos… lo dijo el presunto asesino, pensó, Fate..”.

[…] “… Y luego vieron a un tipo enorme y muy rubio que entraba en la sala de visitas inclinando la cabeza, como si temiera darse un topetazo con el techo, y que sonreía como si acabara de hacer una travesura, cantar en alemán la canción del leñador perdido, y que los miró a todos con una mirada inteligente y burlona”.

 

La parte de los crímenes” (386 páginas)

“La muerta apareció en un pequeño descampado en la colonia Las Flores. Vestía camiseta blanca de manga larga y falda de color amarillo hasta las rodillas…

“Esto ocurrió en 1993. En enero de 1993. A partir de esta muerta comenzaron a contarse los asesinatos de mujeres. Pero es probable que antes hubiera otras.  La primera muerta se llamaba Esperanza Gómez Saldaña y tenía trece años. Pero es probable que no fuera la primera muerta…” *

Tremenda denuncia que hace Bolaño en esta parte, al ir registrando las jóvenes muertas aparecidas entre enero de 1993 y diciembre de 1997, en la ficción de la novela en Santa Teresa, y en la realidad en Ciudad Juárez. Se siente el dolor que el autor debió sentir al investigar y escribir las 386 páginas, y nosotros, sólo, poco a poco, podemos seguir leyendo este capítulo.

Bolaño va dando cuenta del lugar dónde apareció cada una de ellas, qué ropa vestía, qué edad tenía, su estatura y peso y cómo fue asesinada. No siempre se sabe su nombre, dónde vivía, quién era su familia y si era estudiante o trabajadora de maquiladoras. No todas fueron reconocidas y acabaron en la fosa común.

Como el caso de Estrella Ruiz Sandoval. “Una semana después apareció el cuerpo de Estrella Ruiz Sandoval, de diecisiete años, en la carretera a Casas Negras. Había sido violada y estrangulada”.  Se narra que a Estrella le gustaban las computadoras, que sus amigas la habían acompañado a una tienda de computadoras, que el dueño de esta tienda era alemán, pero se había nacionalizado norteamericano, que se llamaba Klaus Haas, que medía un metro noventa y tenía el pelo muy rubio.

Había nacido en Bielefeld, en la entonces República Federal de Alemania, en 1955 y había emigrado en 1980 a los Estados Unidos”.  Klaus Haas fue detenido y encarcelado por el asesinato de Estrella Ruíz Sandoval. “Al cabo de quince días de haber ingresado al presidio de Santa Teresa, Haas dio lo que podría llamar su primera rueda de prensa…”

En la narración se describen el trabajo de la policía y de un sheriff, de los periodistas, de los medios impresos, de la televisión y las radiodifusoras, de los forenses, del criminólogo, y hasta de una vidente. “También por aquellos días apareció en la televisión de Sonora una vidente llamada Florita Almada”, otro magnífico personaje.

Bolaño habla de muchas jóvenes asesinadas, pero, sin el probable, son muchas, muchísimas más.

 

“La parte de Archimboldi”. (356 páginas)

“Su madre era tuerta.  Tenía el pelo muy rubio y era tuerta. Su ojo bueno era celeste y apacible, como si no fuera muy inteligente, pero en cambio buena, un montón.  Su padre era cojo.  Había perdido la pierna en una guerra y había pasado un mes en un hospital cercano a Düren, pensando que de ésa no salía y viendo cómo los heridos que se podían mover (¡él no!) les robaban los cigarrillos a los heridos que no se podían mover…”

La cuarta y última parte va cerrando, magistralmente, el círculo, resolviendo el enigma y poniendo todo en su lugar.

…no parecía un niño sino un alga”.  Hans Reiter nació en una aldea prusiana del norte de Alemania en 1920.   Cuando su madre lo bañaba, el niño se sumergía en el agua; desde que pudo caminar, se sumergía en el mar.  Siempre fue más alto y flaco que los niños de su edad, “hablaba endemoniadamente mal”, y cuando aprendió a leer, leía una y otra vez Algunos animales y plantas del litoral europeo e investigaba todo lo que podía sobre las algas. Su hermana Lotte nació cuando él tenía diez años, a los trece años dejó de estudiar y sus padres lo colocaron en la casa de campo de un barón prusiano, el barón Von Zumpe, donde trabajó quitando el polvo de muebles, cortinas, gobelinos y de los libros de la biblioteca.  A veces aparecía Hugo Halder el sobrino del barón, y a veces la hija, la baronesa Von Zumpe.

Trabajó en las obras de los caminos del Reich. En septiembre de 1939 empieza la guerra, es destinado al Regimiento 310 de la infantería hipomóvil desplazada a Polonia.  Desde la primera vez que su batallón entró en combate, su capitán pensó que el soldado Reiter entraba al combate como si no hubiera entrado en combate, como si no estuviera ahí, porque no tenía miedo de nada.  La división 79, a la que pertenecía su Regimiento, fue trasladada al frente occidental y luego al frente oriental, a la región de los Cárpatos en Rumanía donde se encuentra con la baronesa Von Zumpe y después a Crimea, Unión Soviética. Estuvo a punto de morir cuando una bala le atravesó la garganta, hecho por el cual recibió la Cruz de Hierro.  Pasa un tiempo en Kostekino, una aldea deshabitada a orillas del río Dniéper, vive en una casa que había sido de judíos donde encuentra los papeles de Boris Abramovich Ansky, un joven judío que se había alistado en el ejército ruso. “En el cuaderno de Ansky aparece, y es la primera vez que Reiter lee algo sobre él, mucho antes de ver una pintura suya, el pintor italiano Arcimboldo Giuseppe o Joseph o Josepho o Josephus Arcimboldo o Arcimboldi, o Arcimboldus, nacido en 1527 y muerto en 1539”.  Regresa al frente oriental “siempre con el cuaderno de Ansky bajo su guerrera, entre su ropa de loco y su uniforme de soldado”. Hacia el final de la guerra “De derrota en derrota, Reiter volvió finalmente a Alemania. En mayo de 1945, a la edad de veinticinco años… se rindió a unos soldados norteamericanos y fue internado en un campo en las afueras de Ansbach…”.  Aquí conoce a un funcionario alemán de nombre Leo Sammer que había tenido que hacerse cargo de un cargamento de judíos y que murió estrangulado.

Cuando Hans Reiter es liberado consigue un empleo como portero en un bar de la ciudad de Colonia y empieza a escribir. “Durante el día escribía. Escribir es fácil, pues sólo necesitas un cuaderno y un lápiz.  Leer era un poco más difícil… Aun así, Reiter leía…”.  El reencuentro con una joven que había conocido, Ingerbord, es una historia de amor.  Y la plática con la adivina que le aconseja que se cambie de nombre, un acto azaroso.

Hacia 1950 Hans Richter termina su primera novela Lüdicke que firma con el nombre de Benno von Archimboldi. Alquila una máquina de escribir para poder enviar copias a diferentes editoriales y fue publicada por la editorial del señor Jacob Bubis de Hamburgo, quien después de quedar viudo se casaría con la baronesa Von Zumpe.

Ingerbord enferma y muere en el Adriático. A partir de entonces se pierde la huella de Hans Richter y crece el prestigio del escritor Benno von Archimboldi, del que nadie parece saber nada.

En la página 1175 Bolaño escribe, “Y llegamos, finalmente, a la hermana de Archimboldi, Lotte Reiter”, dueña de un taller mecánico en la ciudad de Paderborn, al noroeste de Alemania y quien en “En 1995 recibió un telegrama de México, de un lugar llamado Santa Teresa, en donde le comunicaban que Klaus estaba preso”, lo culpaban del asesinato de cuatro jóvenes mujeres.

El azar hizo que Lotte encontrara en el aeropuerto de Los Ángeles el libro El rey de la selva, cuyo autor era un tal Benno von Archimboldi… que “hablaba de un cojo y de una tuerta y una niña que seguía a su hermano hasta los acantilados”.

Una noche, tres meses después de haber vuelto a Alemania, apareció Archimboldi en la casa de Lotte en Paderborn. Y en la terraza de un parque de Hamburgo, antes de salir a México, se comió un helado “Fürst Pückler”.

§

Díalogo entre Hans y la adivina, páginas 1055-1057:

“»Te recomiendo que te cambies de nombre -dijo la vieja-. Hazme caso.  Yo fui adivina de muchos jefazos de la SS y sé lo que te digo.  No cometas la estupidez típica de las novelas policíacas inglesas.

            »–¿A qué te refieres? –le dije.

            »–A las novelas policíacas inglesas –dijo la vieja–, al imán de las novelas policíacas inglesas que primero infectó a las novelas americanas y luego a las novelas policiacas francesas y alemanas y suizas.

            »–¿Y cuál es esa estupidez? –le pregunté.

            »–Un dogma –dijo la vieja–, un dogma que se puede resumir con estas palabras: el asesino siempre vuelve al lugar del crimen.

»Y luego me pidió que la siguiera hasta una habitación, la que estaba llena de ropa.. y hurgó entre los montones de ropa hasta volver a aparecer, victoriosa, con una chaqueta de cuero negro, y me dijo:

            »–Esta chaqueta es para ti, te ha estado esperando todo este tiempo, desde que murió su anterior dueño”.

…Una vez le dijo que había pertenecido a un esbirro de la Gestapo… {o}

 fue un espía inglés… según la vieja, no era inglés sino escocés..”

§

Nota *Transcripción de los primeros párrafos de cada una de las cuatro partes, por aquello del “arte de los primeros párrafos”.

Roberto Bolaño. Santiago de Chile 1953 – Barcelona – 2003.

Roberto Bolaño. 2666. Barcelona: Penguin Random House. Alfaguara. 2016. 1217 págs.