“La novela policial”: Sergio Pitol

La novela policial

Sergio Pitol

Publicado en el diario mexicano “La Jornada”: 05/05/2013 10:55

http://www.jornada.unam.mx/ultimas/2013/05/05/105510374-la-novela-policial

En un encuentro de escritores franceses y mexicanos, organizado en agosto de 1977 por el Instituto Francés de la América Latina, sobre las literaturas del secreto, observé que todas las sesiones, salvo una, mencionaban en sus títulos a la novela policial. Confieso de inmediato mi absoluta debilidad por ese género que no sólo me ha proporcionado momentos memorables, sino que como escritor mi deuda es inmensa. Pienso que si un día tuviese que dirigir un taller de narrativa, sugeriría a los alumnos estudiar con atención los procedimientos específicos inventados por los autores de ese género, con la seguridad de que eso les ayudaría a construir una novela con más eficacia que todos los libros de narratología.

En la primera edición del Diccionario de la lengua castellana publicado por la Real Academia Española, una acepción de secreto es: “ lo que cuidadosamente se tiene reservado y oculto”, o “cosa arcana que no se puede concretar o explicar”. Misterio es, pues, en terrenos literarios una palabra fundamental, una referencia obligatoria. No por nada aparece de modo tan abundante en los títulos de novelas policiales: El misterio de Edwin Drood, de Charles Dickens; El misterio de la carretera de Cintra, de Eça de Queiroz; El misterio de Glenith, de Wilkie Collins; El misterio de Cloomber, de Arthur Conan Doyle; El misterio del tren azul, de Agatha Christie y varios más.

Los estudiosos que han rastreado con minucia las fuentes y trazado el árbol genealógico de la literatura policial, han encontrado remotos antepasados de asombroso prestigio; algunas historias bíblicas, el Edipo rey de Sófocles, entre otros.

Durante el siglo XIX, el período de mayor esplendor de la novela, surge el género policial con sus propios atributos y sus procedimientos esenciales. Y desde su nacimiento, apenas desprendido del seno materno, su potencia fue tal que empezó a establecer una presión sobre la novela madre, la oficial, para usar ese adjetivo que alude exclusivamente a la narración no policial. Al hurgar en los orígenes descubrimos que ya antes de La piedra lunar, de Wilkie Collins, considerada por todos como la primera novela del género, hay tramas que contienen los elementos esenciales del relato policial: un crimen, una investigación, el descubrimiento y la captura del criminal, sin afiliarse ortodoxamente al tipo de novela que nos ocupa. Son claros antecedentes del género, sí, pero su intención, sus metas, su atmósfera, se orientan hacia regiones que rebasan con mucho lo policial. El crimen resulta un accidente para transportarnos a reflexiones éticas surgidas del corazón de la novela. Crimen y castigo y Los hermanos Karamazov son los ejemplos que de inmediato acuden a la memoria.

Hay una novela anterior a las de Dostoievsky, sin crímenes aparatosos, que me parece ya un preludio de lo que está por venir: Las almas muertas, de otro ruso genial, Nikolai Gogol. En ella, un extraño personaje, de nombre Chíchikov, hace su aparición en una pequeña ciudad de la Rusia profunda. Los primeros días de estancia en aquel lugar los emplea en enterarse del carácter, costumbres, fortuna y circunstancias de los terratenientes más opulentos de la región. Poco después, inicia una ronda de visitas. La descripción de esos encuentros constituye la parte magistral de la novela. Gogol nos sitúa frente a un mundo gris, degradado, y a la vez inmensamente paródico. El humor es siempre desbordante y esperpéntico; el lenguaje portentoso y la trama de una originalidad absoluta. El propósito de Chíchikov al visitar a los hacendados es el de comprar almas muertas. En el lenguaje administrativo de la vieja Rusia un alma significaba un siervo. Una propiedad comprendía el número de decietinas de bosques o de tierras cultivables, de animales de tiro o de pastoreo, y también el preciso y detallado de almas con que contaba el propietario. Desde la llegada del fascinante Chíchikov a la región se genera un misterio que va en aumento a medida que proceden sus visitas. ¿Por qué razón invierte su dinero en la compra de siervos ya fenecidos?, ¿qué provecho podría alguien obtener de aquellos difuntos?, ¿cómo podría transportarse ese ejército de seres inexistentes a las propiedades del comprador? No es menester señalar que los primeros sorprendidos fueran los propietarios. La transacción los tienta y a la vez los atemoriza. ¿No había en el hecho de contar a los siervos muertos a partir del último censo, de hacer listas pormenorizadas con sus nombres, sus fechas de nacimiento, estado de salud, tipo de trabajo realizado en la hacienda, un tufillo diabólico? Sin embargo, las artes del melifluo Chíchikov logran siempre estimular la codicia de los terratenientes, quienes terminan irremisiblemente por vender a sus muertos.

La sucesiva intensificación del misterio y de la demora por aclararlo es el procedimiento que se convertirá más tarde en esencial para estructurar una novela policial. Ante el avance del misterio, el lector tratará de asirse a cualquier detalle para descifrar los designios de los protagonistas, para orientarse un poco, al menos. Por más caricaturescos que sean los retratos de los personajes, el planteamiento de las situaciones, el avance preciso y detallado de la narración y lo disparatado de los diálogos, Gogol nos coloca siempre en la realidad, aunque se trate de una realidad deformada, estilizada, martirizada; una realidad enemiga de lo que conocemos como tal; nada en esa estructura nos hace pensar que nos movemos en los dominios de la literatura fantástica. Al final, nos enteramos de que Chíchikov es un impostor con antecedentes delictuosos que pretende hacer una magna estafa hipotecando como seres vivientes las almas muertas que ha comprado.

Más cercano a la literatura policial se encuentra Dickens. En efecto, el inglés tiene un pie clavado en esa novedosa forma narrativa. Su último libro, por desgracia inconcluso, El misterio de Edwin Drood, desarrolla una trama tenebrosa estructurada de acuerdo con las novedosas reglas creadas por el género policial. Víktor Sklovsky señala en Teoría de la prosa, ese libro capital del formalismo ruso, que buena parte de sus novelas, en especial La pequeña Dorrit, están compuestas a base de varias líneas temáticas que contienen uno o varios misterios, para luego, antes de llegar al final, hacerlas convergir en un cauce general, llegar a una apoteosis y resolver todos los enigmas.

Según Sklovski, los dos procedimientos fundamentales de la novela de misterio consisten en un retardamiento voluntario de las soluciones y en un “extrañamiento” radical que al distanciarnos de los acontecimientos narrados atenúa cualquier emoción. El pathos desmedido que había devastado zonas inmensas del Dickens juvenil aparece en su último período siempre contenido. Lo asesinatos no nos alteran, sino que sólo acrecientan nuestro interés en la lectura; sus crímenes, como los de Las mil y una noches, carecen de sangre verdadera, al grado que una novela policial con un único asesinato no resulta tan apetecible como la que contiene dos o más crímenes subsidiarios. Por otra parte, la voluntaria detención de la acción, su parsimonia, derivará en un refuerzo de la atención, en esa espera nerviosa de soluciones que se conoce con el nombre desuspense.

Decimonónica de origen

Las dos fechas fundacionales de esta literatura son: 1841, año en que Edgar Allan Poe publicó Los crímenes de la calle Morgue, donde aparecen con toda precisión algunos mecanismos del género, y 1868, en que se publicó La piedra lunar, de Wilkie Collins, la primera novela policial reconocida como tal, la más extraordinaria según T. S. Elliot, Chesterton y Borges, donde el enigma es resuelto por un inspector, personaje que iba a constituirse en un elemento distintivo e indispensable a estas narraciones.

Poe, lo sabemos todos, fue un escritor genial. El relato de investigación policial no habría podido surgir de mejores manos. El autor estadunidense aprovecha el vasto acervo de misterios madurado y difuso en la literatura anterior y los somete a un deslumbrante método de investigación especulativa. El género nace, pues, con una aureola de alta intelectualidad. Poe crea los mecanismos adecuados para detectar las motivaciones que han llevado a alguien a cometer un crimen y descubrir al culpable por medio de razonamientos meramente intelectuales. Con él nace un método y también una figura esencial para la literatura del futuro: el investigador privado. El protagonista de los relatos de Poe es el elegante caballero Auguste Dupin, un dandy refinado, que a sus diversos placeres añade el estudio de la mentalidad criminal. Dupin es el primero de una larga fila degentlemen necesarios para la investigación del crimen. Durante cien años o más permanecerá viva esa estirpe de personajes excepcionalmente bien vestidos, refinados gourmets, conocedores de la buena literatura, coleccionistas de obras de arte. Su educación perfecta los aleja de la vulgaridad del entorno policíaco y les permite, en cambio, acceder al humor, ese don que los dioses administran sólo a sus predilectos. Algunos poseen títulos de nobleza y se mueven como peces en el agua en los salones más inaccesibles, como Lord Whimsey, el detective de Dorothy l. Sayers; otros proceden de la vida académica –Oxford o Cambridge–, como Nigel Strangeweays, el de Nicholas Blake, o son poseedores de fortunas familiares como Sherlock Holmes, el de Conan Doyle; Poirot, el de la Christie, o Nero Wolfe, el de Rex Stout. De un modo u otro todos ellos se solazan en la excentricidad, les deleita derrotar a los inspectores de la policía, ponerlos en ridículo, demostrar la ineficacia de sus métodos, su carencia de imaginación, la falta tanto de cultura como de maneras; parecería que se empeñan en su labor detectivesca sólo para poner en evidencia a aquellos pobres diablos a sueldo del Estado.

En ese punto –pero sólo en ése–, puesto que en lo demás son del todo antitéticos, coinciden con una corriente de detectives privados, surgidos, varias décadas después de las experiencias del refinado Auguste Dupin, de los estratos más desapacibles de la sociedad estadunidense, representados, sobre todo, por el Sam Spade de Dashiell Hammett, o el Philip Marlowe de Raymond Chandler, los héroes duros de los años treinta o cuarenta.

En la escena es frecuente que un cómico famoso emplee a un personaje de aspecto por lo general insignificante, cuya única función consiste en hacer preguntas un tanto extravagantes o comentarios insensatos para darle pie a la estrella de contradecirlo y así realzar su talento. A más boba o absurda la pregunta, más brillante y sarcástica será la respuesta del cómico. En México a esa figura escénica secundaria se le llama “patiño”. Dupin, el personaje de Poe, nace a las letras con un patiño cuya función es narrar con exaltada admiración las hazañas de su maestro. Sherlock Holmes cuenta con el suyo, el Dr. Watson, el más famoso y querible de esos papanatas, nacidos sólo para el mayor lustre de sus superiores. Poirot cuenta con Hastings; Nero Wolfe con Archie Goodwing. Son parejas que repiten la del caballero del teatro clásico español y su leal y socarrón escudero. Son también la encarnación de todos nosotros, los lectores, que ante los enigmas de la trama hacemos las mismas preguntas, y al igual que ellos deseamos con ansiedad conocer los secretos que el detective nos oculta.

El género policial surgió bajo los mejores auspicios. Algunos narradores de inmenso prestigio se sintieron tentados por los atractivos de esa nueva narrativa, sobre todo los ingleses: Charles Dickens, amigo cercano de Wilkie Collins, emprendió El misterio de Edwin Drood, que aun inconclusa resultó una novela magistral; Joseph Conrad, Bajo las miradas de Occidente y El agente secreto; Stevenson, La caja equivocada, la primera parodia de este género. Henry James, por su parte, empleó los recursos de la novela policial para escribir relatos soberbios: La vuelta de tuerca y Los papeles de Aspern, entre otros. Y aun en países donde las corrientes literarias llegaban con evidente parsimonia el género logró abrirse paso. El joven Anton Chéjov escribió en Rusia Un drama de cazay Benito Pérez Galdós, en España, una de las más insólitas novelas de la literatura de nuestra lengua: La incógnita. Se trata de una historia en torno a un crimen donde al final no conocemos nada preciso; somos testigos de un abundante movimiento de influencias, dinero y presiones de toda especie para que el misterio jamás llegue a esclarecerse. Nada se logra saber sobre el asesino, si acaso se trata de un asesinato y no un suicidio, mucho menos sobre las virtuales motivaciones del crimen. El lector cuenta con infinidad de indicios; con ellos puede armar un rompecabezas, cuyo resultado será sólo conjetural.

La multiplicación del misterio

La novela policial se hizo inmensamente popular. Los autores se multiplicaron por centenares. En la mayoría de los casos los resultados fueron mediocres: meras adivinanzas encapsuladas en tediosos volúmenes.

En el mundo anglosajón dos corrientes sobrevivieron al marasmo, la novela culta inglesa y el género negro de Estados Unidos. En la tradicional novela inglesa todo deberá ocurrir como en un juego de ajedrez, los contendientes son el criminal y su perseguidor (detective privado, inspector oficial o mero aficionado), quien a la postre descubrirá al culpable y lo conducirá hasta los tribunales. Su marco suele ser una casa de campo señorial, un prestigioso club londinense, un hotel elegante y respetable, los dormitorios de una acreditada universidad, un sanatorio, un yate, un vagón de ferrocarril, es decir, círculos cerrados donde suelen moverse damas y caballeros de amplios recursos económicos, modales excelentes y acento perfecto. Los autores dan por supuesto que la sociedad es por naturaleza buena. De pronto, en su seno se produce una anomalía: un acto irregular, un robo, un asesinato y el consecuente clima de zozobra. Aparecen varios presuntos culpables, casi todos con un pasado que oculta circunstancias oprobiosas: los sepulcros blanqueados de siempre. El investigador se pierde en una maraña de pistas falsas. Al final, el criminal por un instante se descuida y es atrapado y castigado. Una tormenta contenida en un vaso; se remansan las aguas, la vida puede seguir su ritmo. Sus mayores cultivadores fueron ingleses. Nicholas Blake, Anthony Berkeley, Michell Innes, entre los cultos; Agatha Christie, con un registro popular.

La siguiente transfiguración del género desemboca en la novela negra estadunidense. En ella los términos se han invertido: la sociedad es en esencia culpable; está enraizada en el crimen y en el crimen prospera. El investigador se interna en una obscura selva donde dominan los rapaces, los inescrupulosos, los corruptos. A lo largo de una acción que desconoce por entero el reposo, el héroe recibe y asesta golpes a granel. Tiene poca o ninguna confianza en la ley, a la que oficialmente apoya. Su mayor triunfo consiste en lograr que los malvados entren en conflicto entre sí, se combatan y terminen destruyéndose unos a otros. En las últimas páginas nos quedamos con la convicción de que esa vez el mal ha sido derrotado, pero de ningún modo erradicado; nuevas alimañas aparecerán en el horizonte. En la mente del lector queda flotando la convicción de que la enfermedad que corroe al organismo social es endémica. Si no se transforma volverá a repetirse una y otra vez con sordidez creciente el ciclo de la violencia. Los notables expositores de esa corriente fueron Dashiell Hammett y Raymond Chandler.

En los últimos años han surgido nuevas corrientes: el thriller, la novela de espionaje, cuya figura más notoria es John Le Carré; más otras sobre la violencia étnica, religiosa y sexual.

La más clara prueba de la vitalidad de esta literatura nos la proporciona la intensa presión que ha ejercido sobre la otra novela, la canónicamente culta. De igual modo que la policial se ha nutrido y enriquecido con las técnicas antiguas y modernas que le proporcionó la tradición narrativa, ella también ha logrado penetrar en el corazón de cuerpos y entidades que en rigor parecerían no pertenecerle. Si contemplamos el panorama narrativo de nuestro siglo nos resulta asombrosa la simbiosis producida. Citaré algunos casos en los que el canon de excelencia ha decidido renovarse aprovechando los recursos, atmósferas y personajes que en el pasado parecían pertenecer exclusivamente al campo policial. Veamos:

Chesterton en El hombre que fue jueves y en las historias del Padre Brown, Graham Greene en El factor humano, además de sus novelas estrictamente policiales, entre los ingleses. Carlo Emilio Gadda en Aquel horrible escándalo de la Via Merulana, Umberto Eco en El nombre de la rosa, Leonardo Sciacia en Todo modo y Una historia sencilla y Antonio Tabucchi en La cabeza perdida de Damasceno Monteiro, entre los italianos. Witold Gombrowicz enCosmos, Andrzej Kusniewicz en El rey de las dos Sicilias, entre los polacos. Ernest Jünger en Un encuentro peligroso, entre los alemanes. Y una buena parte de la obra de Leo Perutz y Alexander Lernet-Olenia, entre los austríacos. Flann O’Brien en El tercer policía, entre los irlandeses. William Faulkner en Gambito de caballo e Intruso en el polvo y Paul Auster en Leviatán, entre los estadunidenses. Rubem Fonseca en Octubre y El gran arte, entre los brasileños. Rodolfo Usigli en Ensayo de un crimen, Jorge Ibargüengoitia en Dos crímenes y Fernando del Paso en Linda sesenta y siete, entre los mexicanos. Jorge Luis Borges en una docena de relatos perdurables, entre los argentinos.

La lista no pretende ser exhaustiva. Registra sólo unos cuantos títulos de obras admirables. La influencia que el género policial tuvo en ellas comprueba su intensa contribución a la literatura universal.

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Paco Ignacio Taibo II, “Días de combate”, “Adiós, Madrid”, “Muertos incómodos (falta lo que falta)”

Paco Ignacio Taibo II, “Días de combate”, “Adiós, Madrid”, “Muertos incómodos (falta lo que falta)”

 Héctor Belascoarán Shayne

Hasta ahora Héctor Belascoarán Shayne es el detective mexicano más famoso. (Quisiéramos leer más casos con Edgar, el zurdo, Mendieta,  o con  Sunny Pascal, y si tenemos suerte –ojalá- con Andrea Mijangos). Entre 1976 y 1993 trabajó en nueve casos; en 2005 vuelve a aparecer junto con el detective indígena, Elías Contreras.  A excepción del penúltimo que se desarrolla en Madrid, los crímenes se suceden en México, principalmente en la ciudad de México: su gran protagonista. Durante sus investigaciones presenciamos y sufrimos el tráfico, la contaminación –atmosférica, auditiva y, muy divertida, la del lenguaje cotidiano–, la profusión del comercio ambulante y de los puestos de comida en la calle, y sobre todo, la corrupción en todas partes y en todos los niveles. Alternamos lo mismo con el rico empresario y el arrogante funcionario que con los cuates del barrio y toda clase de criminales que  a veces  nos parecen no tan malos.

 Las investigaciones del detective tuerto y cojo  Belascoarán son antes que nada muy divertidas. Con mucha ironía y humor reflexiona, deduce, induce y saca conclusiones. Además, le gusta comer de todo, oír música y lo mismo aprende a bailar merengue que a citar autores.

 Como Héctor Belascoarán Shayne, Paco Ignacio Taibo II,  tiene ascendencia española, pero es muy mexicano y así como el detective puede entrarle a todo, su autor es  prolífico en varios géneros, impulsor del género negro y activista social.

 Los casos de Belascoarán son: Días de combate, 1976. Cosa fácil, 1977. Algunas nubes, 1985. No habra final feliz, 1989. Regreso a la misma ciudad y bajo la lluvia, 1989. Amorosos fantasmas, 1989. Sueños de frontera, 1990. Desvanecidos difuntos, 1991. Adiós Madrid, 1993. Muertos incómodos (falta lo que falta), 2005 – Escrito con el Subcomandante Marcos

Días de combate

  Días de combate

Héctor Belascoarán Shayne, de padre catalán y madre escocesa, tiene un hermano y una hermana. Recién se ha separado de su esposa y decide abandonar su trabajo para dedicarse a su vocación: detective. Tiene treinta y un años y ha concursado en el concurso del Gran Premio de los $64,000 con el tema de grandes estranguladores o asesinos seriales. Comparte una oficina con el plomero Gómez Letras, viaja en metro, come en la calle y oye a Pablo Milanés. En este primer libro aparece un asesino serial de mujeres, “el cerebro” quien se comunica con él mientras sigue estrangulando mujeres.

Adiós, Madrid

Héctor Belascoarán Shayne tiene ya cerca de 40 años. Justo Vasco, subdirector técnico del Museo de Antroplogía de la ciudad de México lo contrata para viajar a Madrid, buscar a la “viuda negra”, ex amante de un ex presidente que supuestamente le regaló el pectoral de Moctezuma dejando una copia en el museo. Esta novela no se desarrolla en la ciudad de México, pero cuando Belascoarán busca el Madrid que le contaron sus padres en el exilio, hace maravillosas comparaciones con la ciudad de México.

muertos incomodos

 Muertos incómodos (falta lo que falta)

 Escrita a “cuatro manos” con el Subcomandante Marcos. Dos detectives, uno indígena, Elías Contreras (Comisión de investigación) y Hector Belascoarán, uno en la ciudad de México, “el monstruo” y el otro en Chiapas, en la zona zapatista, buscan a un “tal Morales” que resulta ser tres Morales: el que trabaja para las transnacionales y el PRI corrupto para beneficiarse de los recursos naturales de Chiapas; el soplón del gobierno en Lecumberri después de los disturbios del 68 y 71 y Juancho, el tortero y doble de Bin Laden. Historias cruzadas, mezcladas y enredadas hasta el desenlace.

 Paco Ignacio Taibo II, España, 1949

 Paco Ignacio Taibo II, Todo Belascoarán. México: Ed. Planeta, 2010. 822 págs.

Paco Ignacio Taibo II,Serie Belascoarán Shayne (tres tomos). México: Ed. Planeta.

Subcomandate Marcos y Paco Ignacio Taibo II, Muertos incomodos (Falta lo que Falta). Ed. Joaquín Mortiz. 2006. 235 págs.

 

M.J. McGrath, “White Heat” “Calor helado”

Edie Kiglatud

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Si Edie Kiglatud se asombra de las diferencias entre el Ártico Canadiense y Alaska  ¿cómo nos sorprenderíamos nosotros que vivimos en otras latitudes? Edie es una cazadora de osos del Ártico Canadiense que en la segunda novela de M.J. McGrath viaja a Alaska, poblada también por inuits como ella. Las espléndidas descripciones de la autora nos enseñan a notar las diferencias entre Alaska con sus exuberantes bosques nevados y las inmensas superficies heladas con musgos, líquenes y pantanos características de la tundra del Ártico Canadiense, biomas que aunque condicionen diferentes ambientes, formas de vida y comportamientos, son parte del mismo planeta en el que todos habitamos.

White Heat, “Calor helado”

 Edie Kiglatud sabía que era la  mejor guía y cazadora de osos polares del Ártico Canadiense, por eso no dejaba de pensar por qué la expedición para la que había sido contratada, había fracasado. Era evidente que a sus clientes, Felix Wagner, y su compañero Andy Taylor no les importaba la caza, pero nunca esperó que Felix Wagner fuera asesinado durante la expedición.

Así empieza este fantástico thriller que nos lleva a un mundo al que difícilmente podríamos ir y ciertamente no vivir: la helada tundra del Ártico Canadiense y a convivir con sus habitantes, los inuit “el pueblo” en la lengua Inuktitut.

En el noreste del continente americano, entre Groenlandia y Canadá, el Ártico Canadiense es un archipiélago de más de treinta mil islas, la mayoría deshabitadas. Durante cientos de años los inuit, también llamados esquimales, han ido adaptándose al paisaje siempre helado de menos cincuenta grados centígrados, viviendo meses sin noches y meses sin sol, consumiendo lo que la tundra ofrece: las hojas y frutos de pequeños arbustos, osos, caribúes, bueyes almizcleros, lobos, liebres, focas, morsas, aves y mucha pesca.

Y fantástico también es el personaje de Edie Kiglatud que con los sentidos desarrollados por la caza, la pesca y los trayectos en uno de los lugares más inhóspitos del planeta, como buena cazadora, reflexiona, observa, se mueve en círculos, hasta encontrar los indicios con los que reconstruir una serie de asesinatos.

En el ficticio poblado de Autisaq, en una de las muchas islas del Ártico Canadiense, vive Edie, mitad inuit mitad blanca, de treinta y tres años, cazadora de osos polares, guía de expediciones de qalunaat, “los que no son inuit”y maestra de escuela, divorciada de Sammy Inukpuk y madrastra de sus  hijos Joe y Willa, alcohólica y amante de viejas películas.

Sin haberse resuelto el crimen de la malograda expedición, Andy Taylor regresa para una segunda expedición en la cual se pierde y Joe, que había sido el guía asignado por el comité de ancianos, se suicida. Edie, trastornada, recorre la tundra ártica buscando algún indicio que le ayude a comprender la muerte de su joven hijastro, mismo que encuentra cuando ve en el cuello del viejo cazador Saomik Kperkuj una extraña, brillante e inusualmente pesada piedra y que descubrirá proviene de un astroblem, que son los cráteres producidos por el choque de un meteorito y que cubren importantes depósitos de gas. Edie irá recogiendo y acumulando muchos pequeños indicios que analiza, relaciona, hace conjeturas, vuelve a investigar y que la harán enfrentar los intereses de científicos y extranjeros en las riquezas del subsuelo.

La novela nos sumerge en la vida de los inuit. Son extraordinarias las imágenes del paisaje de glaciares, fiordos, de sus intensos fenómenos metereológicos y espejismos, así como las descripciones de formas de vida, alimentación y vestido de estos grupos que se transportan tanto en trineos jalados por perros como en rápidos snowbies y lanchas. Sólo una muy experimentada guía, cazadora y destazadora de cuerpos de animales, pues hay que conservar absolutamente todo para sobrevivir,  además de rápida constructora de iglués, pudo haber encontrado en este para nosotros hostil ambiente, los indicios para la resolución de los asesinatos, con la valiosa ayuda de Derek Palliser, un peculiar policía-naturalista apasionado por los lemínidos, del la Policía Montada de Canadá.

 Melanie McGrath, Inglaterra.  http://www.melaniemcgrath.com/

 Melanie McGrath. White Heat. Viking Adult. 2011. 400pags.

Kindle edition. Mantle/Amazon Digital Services      Inc. 2011
M.J. McGrath, Calor helado.Barcelona: Ediciones B, S.A. 2012. 384 págs
 
Maj Sjöwall y Per Whalöö, “Roseanna”, “Los terroristas”

Maj Sjöwall y Per Whalöö, “Roseanna”, “Los terroristas”

 Martin Beck

La pareja formada por los periodistas y escritores suecos Maj Sjöwall y Per Whalöö escribieron diez novelas policiacas: la primera, Roseanna, fue publicada en 1965 y la última Los terroristas en 1975.  Su éxito en Suecia y su traducción del sueco al inglés y al español, iniciarían la popularidad que actualmente goza la novela policiaca sueca .

Roseanna

Roseanna es una novela pertenece a la tradición de las series con un detective como protagonista, en este caso Martin Beck. En ella se advierten las características de la novela negra sueca y por extensión de la novela negra escandinava.

.  Parecería que este éxito se debe en parte a que el escritor escandinavo procura integrar todas las circunstancias posibles que se presentarían en el crimen y en su resolución, detalle en el trabajo del detective según las coyunturas históricas, políticas, laborales y personales del momento; las descripciones de los contextos se irán haciendo cada vez más apegadas a la realidad con verosímiles retratos psicológicos que profundizan en los antecedentes familiares y sociales. Además los escritores se esfuerzan por mostrar las técnicas de la investigación policiaca, los interrogatorios y las discusiones de los investigadores.

Martin Beck en Roseanna, es inspector jefe de la Policía Nacional de Estocolmo y un detective que fácilmente nos cautiva. Lo imaginamos alto, con una personalidad atractiva, más analítico que desorganizado, aunque descuide su apariencia y salud: “recuerda” –se dice a sí mismo- “que posees tres de las más importantes virtudes de un policía: eres terco, lógico y muy sereno”.

La novela empieza cuando se descubre el cuerpo desnudo de una joven en el Lago Vättern, luego sabremos era una turista americana de nombre Roseanna viajando en un barco por los canales suecos. Martin Beck aplicará sus principios de probabilidad, suposición y algo de psicología para saber cómo, cuando y donde se cometió el crimen hasta descubrir a un asesino tan brutal como inteligente.

Los terroristas 

En la última novela de la serie, Martin Beck ha llegado a ser el Comisionado Nacional de la Policía de Estocolomo. Divorciado de su esposa y madre de sus dos hijos, tiene una relación con Reha Nielsen.  Arranca la novela con una junta con el superintendente Stig Malm, de la Administración Nacional de Policía y con Eric Möller, jefe de la Policía de Seguridad, quienes ante la próxima visita a Estocolmo de un senador americano muy controvertido, deciden enviar a Gunvald Larsson a un país latinoamericano para conocer cómo funcionan los equipos de seguridad durante la visita de personajes importantes.

La novela narra varias historias paralelas: las medidas de seguridad relacionadas con la vista del senador americano, los antecedentes del posible asesino a sueldo de políticos importantes contratado por un grupo terrorista llamado ULAG, el juicio de una joven de dieciocho años, Rebecka Lind por robo armado a un banco y el asesinato de un director de películas pornográficas llamado Walter Petrus en casa de su amante.

Los autores irán narrando minuto tras minuto los  sucesos del día del arribo del senador americano, las tareas de Beck y de sus colaboradores Gunvald Larsson,  Einar Rönn,  Benny Skacke y Fredrik Melander y, para más emoción del lector, su vinculación con las otras historias.

La serie de Martin Beck comprende los siguientes títulos:

  1. Roseanne, Roseanne, Roseanne. 1965
  2. El hombre que se esfumó, Mannen som gick upp i rök, The Man Who Went Up in Smoke.1966
  3. El hombre del balcón, Mannen på balkongen, The Man on the Balcony. 1967
  4. El policía que ríe, Den skrattande polisen, The Laughing Policeman. 1968
  5. El coche de bomberos que desapareció, Brandbilen som försvann, The Fire Engine That Disappeared. 1969
  6. Asesinato en el Savoy, Polis, Polis, potatismos!, Murder at the Savoy. 1970
  7. El abominable hombre de Säffle, Den vedervärdige mannen från Säffle, Abominable Man. 1971
  8. La habitación cerrada, Det slutna rummet, The Locked Room. 1972
  9. El asesino de policías, Polismördaren, Cop Killer. 1974
  10.  Los terroristas, Terroristema, The Terrorists. 1975

Todos los títulos en español están publicados por RBA LIBROS

Maj Sjöwall (1935) y Per Whalöö (1926-1975). Suecia.

Sjöwall, Maj and Per Whalöö. Roseanna. Vintage Crime: New York. 1993. 212 págs.

Sjowall Maj and Per Wahloo The Terrorists. USA: Vintage Crime/Black Lizard, 305 págs. Kindel Edition.

Craig Johnson, “The Cold Dish”

Walt Longmire

 

The Cold Dish (Walt Longmire, #1)Nos imaginamos el condado de Absaroka, en el estado de Wyoming, con grandes llanuras, lagos, ríos y busques abundantes en caza y pesca de gran atracción para turistas y jubilados. Cuando llegaron los colonos americanos encontraron pobladores Shoshone y Arapaho, conocidos como cheyennes, los que actualmente mantienen en ese estado la séptima reserva más poblada de americanos nativos. En la novela, un puente separa el condado y la reserva, un país extranjero, una noción soberana con sus propias autoridades y cultura, aunque la topografía sea la misma.

 Walt Longmire, es rubio, con ojos azules, viste sombrero de fieltro de ala grande, escudo de sheriff, gruesa chamarra con piel y botas especiales, siempre con pistola, escopeta o rifle y manejando su pickup. Sabemos que es viudo, es veterano de guerra, está en sus cincuenta pues ya tiene una hija, Cady, que es abogada y que su casa está sin terminar. Su mejor amigo es Henry Standing Bear, de origen cheyenne, dueño del Red Pony.

 La primera novela de la serie de Longmire como sheriff del pueblo de Durant en el condado de Absaroka, (hasta la fecha se han publicado nueve), lleva el título The Cold Dish, “El plato frío”, y alude a la frase “la venganza es un plato que se sirve frío”.  Un joven, Cody Pritchard es encontrado asesinado. Un par de años atrás, Cody y otros tres jóvenes blancos, violaron y torturaron a una jovencita Cheyenne,  Melissa Little Bird, quien padece el síndrome de alcoholismo fetal. Los jóvenes fueron juzgados y condenados a una sentencia leve. Longmire descubre que Cody fue asesinado con una muy antigua y aparentemente valiosa escopeta de cañón corto que utiliza pólvora negra y que estas escopetas son portadoras de un simbolismo especial para los cheyennes marcado en sus adornos tejidos con pluma de águila.

 Craig Johnson, E.U. 1961.

 Johnson, Creig. The Cold Wish (Walt Longmire #1). E.U.: Penguin Books, 2006. 400 págs. Amazon Kindle Store.

 

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