Anthony Horowitz y César Guerrero: “The House of Silk” y “El misterio de la noche polar”

Anthony Horowitz y César Guerrero: “The House of Silk” y “El misterio de la noche polar”

Sherlock HolmesArthur Conan Doyle

 

 ¿Se conocen Anthony Horowitz y César Guerrero?

Es interesante que en 2011 dos escritores, de diferente generación, nacionalidad, idioma  y trayectoria, hayan publicado divertidas y emocionantes novelas inspiradas en Arthur Conan Doyle (Escocia, 1859 – 1930).

El narrador de la nueva aventura de Sherlock Holmes en The House of Silk  (2011) de Anthony Horowitz es el Dr. Watson.

En El misterio de la noche polar (2011), César Guerrero hace de Arthur Conan Doyle el protagonista y narrador que investiga los crímenes sucedidos en un barco ballenero.

The House of Silk 

Anthony Horowitz (Inglaterra, 1956, famoso por la serie de televisión “Foyle´s War”, ambientada durante la segunda guerra mundial), es el primer autor al cual la fundación que administra el legado de Arthur Conan Doyle autorizó para escribir otra novela de Sherlock Holmes: The House of Silk (como referencia, “The Adventure of Shoscombe Old Place” fue la 56 y última historia publicada en 1927).

The House of Silk está narrada en primera persona por el Dr. John Watson quien da “nuevos” datos de la vida y actividades de él, de Holmes, del hermano Mycroft y hasta de Mrs. Hudson, la casera.  Un nuevo cliente llega a la casa de 221B Baker Street en Londres para solicitarle investigue ciertos eventos sucedidos en Boston.  Horowitz, con ritmo vertiginoso cuenta la historia del caso del “art dealer”, Edmund Carstairs y la venta de cuadros a un millonario de Boston, el robo de los cuadros, varios asesinatos, una esposa americana, los niños de la calle, la cárcel, políticos corruptos, aristócratas viciosos, científicos marginados y  las siempre disfrutables deducciones de Holmes.

El misterio de la noche polar 

El misterio de la noche polar de César Guerrero (México, 1978),  está también escrita en primera persona, pero aquí el narrador es ni más ni menos que Arthur Conan Doyle.  En la vida real, todavía estudiante, Holmes se embarcó como médico de un barco ballenero para ayudar económicamente a su madre y hermanos. 

En la novela de César Guerrero, el joven Arthur tiene 20 años y el barco se llama “La Esperanza”. Parten del norte de Escocia, rumbo al Polo Norte a cazar focas y ballenas.  Hay augurios, fantasmas, crímenes y muchas deducciones apoyadas en las herramientas aprendidas en sus estudios de medicina.  

Sorprende la riqueza del vocabulario naútico utilizado por Guerrero, tan acertado que entendemos sin necesidad de consultar el glosario náutico del final;  además crea espléndidas imágenes del limitadísimo espacio de un barco caza ballenas del siglo XIX y como el joven Ishmael de Moby Dick navegando en el “Pequod”, el también joven Doyle de César Guerrero, describe en este caso “La Esperanza”, sus tripulantes, la vida a bordo, las aventuras de la caza, el descuartizamiento y  y conservación de las partes de las ballenas, agregando otra dimensión a la novela de detectives.   

Anthony Horrowitz. Inglaterra, 1956.
                      César Guerrero. México, 1978.
Horrowitz, Anthony. The House of SilkUSA: Mulholland Books. 2011. 294 págs.
                 Guerrero César. El misterio de la noche polar. México: JUS.  2011. 230 págs

Wilkie Collins. “The Moonstone”

Wilkie Collins (Inglaterra, 1824 –1889).  The Moonstone, La piedra lunar, publicada en 1868, ha sido considerada como la primera novela de detectives.  La obra de Collins presenta la preocupación por el papel de la mujer en la Inglaterra del siglo XIX. T. S. Eliot la calificó  como “the first, the longest, and the best of modern English detective novels…in a genre invented by Collins and not by Poe”. Dorothy Sayers también se refirió a ella como “probably the very finest detective story ever written”.

Charles Dickens. “Bleak House”

Charles Dickens (Inglaterra, 1812-1870),  en su novena novela Bleak House, La casa desolada en español,  publicada en veinte entregas entre marzo de 1852 y septiembre de 1853, introduce el descubrimiento y la detección. La novela incluye también uno de los primeros detectives que aparecen en la ficción inglesa, el señor Bucket. Este personaje está probablemente basado en el inspector Charles Frederick Field del entonces recientemente creado Departamento de Detectives de Scotland Yard. Dickens escribió varios artículos periodísticos sobre el inspector y el trabajo de los detectives en Household Words.

¿Antecedentes?

Tres ejemplos de la literatura antigua en que por medio de la observación y la deducción se infiere la verdad:

“La Historia de Bel y el Dragón”Libro de Daniel. Biblia

Serendipity. Cuento oriental. 

 Zadig.François-Marie Arouet de Voltaire, (Francia. 1694 – 1778).

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En el Libro de Daniel de la Biblia se narra la historia de “Bel y el Dragón”:

Daniel, consejero del rey Ciro el Persa, demuestra que Bel, deidad de Babilonia, no era un dios verdadero, al descubrir por medio de sus deducciones, que todos los manjares y alimentos que se le ofrendaban diariamente, eran consumidos por los mismos sacerdotes que lo adoraban.  Igualmente, gracias a sus capacidades de observación y deducción y contra la opinión de los sacerdotes, destruye lo que parecía un gran animal al cual los babilonios adoraban, mostrando con esto que no era tal. 

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 Serendipity

 Con la palabra inglesa “serendipity” se designa el descubrimiento casual de un misterio pero en el que intervienen las capacidades de observación y sagacidad. El término fue utilizado por primera vez por el escritor inglés Horace Walpole (Inglaterra, 1717-1797) en relación a un cuento oriental antiguo llamado “Los tres príncipes de Serendip”. 

  “Los tres príncipes de Serendip”

 En ese cuento, en el reino de Serendip (el antiguo Ceilán, hoy Sri Lanka) los hijos del rey Giaffer descubrían misterios fortuitos. Por ejemplo, describen con gran precisión un camello que ninguno de ellos habían visto: cojo, tuerto, chimuelo, cargando a una mujer embarazada, una olla de miel en un lado y una de mantequilla en la otra. Cuando encuentran al camellero que había perdido su camello le comentaron sus observaciones pero afirman no haberlo visto; el camellero los acusa de haber robado su camello y demanda castigo. El emperador del lugar les pregunta cómo podían describirlo sin haberlo visto. Los príncipes responden que en a lo largo del camino, siempre en la misma parte había menos hierba verde que en la otra e infirieron que era porque el camello al comer, había comido de la parte que podía ver; porque por los pedazos de hierba que habían quedado sobre el camino supusieron que se le habían caído por la falta de dientes; solamente se distinguían tres huellas y restos de tierra, por lo tanto, era una pata que arrastraba; que cargaba miel en un lado y mantequilla en el otro era evidente por las hormigas atraídas por la mantequilla derretida en una parte del camino y las moscas en el otro; que era una mujer lo dedujeron por la huella dejada por las patas al doblarse para que la mujer bajara del camello cerca de un charco de orina; el olor de la orina y sus huellas eran de una mujer; supusieron que estaba embarazada porque observaron las huellas de sus manos en la tierra para detenerse mientras orinaba. Finalmente el camellero encontró su camello y los príncipes se convirtieron en consejeros del rey.

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Zadig.François-Marie Arouet de Voltaire, (Francia. 1694 – 1778).

En el capítulo tercero de Zadig, un filósofo de Babilonia, observando las diferencias, con sagacidad, describe el perro de la reina y el caballo del rey sin haberlos visto nunca. Le acusan de haberlos robado, lo juzgan y lo sentencian cuando aparecen el perro y el caballo. Si bien tiene que pagar la multa, se le permite defenderse explicando las señas que fue encontrando al pasear por el bosque: huellas de un perro chico, surcos dejados entre las huellas le indicaron que eran las tetas, por lo tanto era una perra que había parido. En lo que respecta al caballo explicó que las huellas de las herraduras estaban a la misma distancia, por lo que eran de un caballo con galope perfecto, como la senda era angosta observó que una parte parecía que había sido barrida de polvo, lo que le llevó a la conjetura del tamaño de la cola; hojas recién caídas de los árboles le hizo conjeturar el tamaño del caballo, otros vestigios le hicieron reconocer el freno de oro y herraduras de plata. A continuación se presenta la traducción de este capítulo:

III.– El perro y el caballo.

En breve experimentó Zadig que, como dice el libro de Zenda-Vesta, si el primer mes de matrimonio es la luna de miel, el segundo es la de acíbar. Vióse muy presto precisado a repudiar a Azora, que se había tornado inaguantable, y procuró ser feliz estudiando la naturaleza. No hay ser mas venturoso, decía, que el filósofo que estudia el gran libro abierto por Dios a los ojos de los hombres. Las verdades que descubre son propiedad suya: sustenta y enaltece su ánimo, y vive con sosiego, sin temor de los demás, y sin que venga su tierna esposa a cortarle las narices.

Empapado en estas ideas, se retiró a una quinta a orillas del Eúfrates, donde no se ocupaba en calcular cuantas pulgadas de agua pasan cada segundo bajo los arcos de un puente, ni si el mes del ratón llueve una línea cúbica de agua más que el del carnero; ni ideaba hacer seda con telarañas, o porcelana con botellas quebradas; estudiaba, sí, las propiedades de los animales y las plantas, y en poco tiempo granjeó una sagacidad que le hacía tocar millares de diferencias donde los otros solo uniformidad veían.

Paseándose un día junto a un bosquecillo, vio venir corriendo un eunuco de la reina, acompañado de varios empleados de palacio: todos parecían llenos de zozobra, y corrían a todas partes como locos que andan buscando lo más precioso que han perdido. Mancebo, le dijo el principal eunuco, ¿visteis al perro de la reina? Respondióle Zadig con modestia: Es perra que no perro. Tenéis razón, replicó el primer eunuco. Es una perra fina muy chiquita, continuó Zadig, que ha parido poco ha, coja del pié izquierdo delantero, y que tiene las orejas muy largas. ¿Con que la habéis visto? dijo el primer eunuco fuera de sí. No por cierto, respondió Zadig; ni la he visto, ni sabía que la reina tuviese perra ninguna.

Aconteció que por un capricho del acaso se hubiese escapado al mismo tiempo de manos de un palafrenero del rey el mejor caballo de las caballerizas reales, y andaba corriendo por la vega de Babilonia. Iban tras de él el caballerizo mayor y todos sus subalternos con no menos premura que el primer eunuco tras de la perra. Dirigióse el caballerizo a Zadig, preguntándole si había visto el caballo del rey. Ese es un caballo, dijo Zadig, que tiene el mejor galope, dos varas de alto, la pezuña muy pequeña, la cola de vara y cuarta de largo; el bocado del freno es de oro de veinte y tres quilates, y las herraduras de plata de once dineros. ¿Y por donde ha ido? ¿dónde está? preguntó el caballerizo mayor. Ni le he visto, repuso Zadig, ni he oído nunca hablar de él.

Ni al caballerizo mayor ni al primer eunuco les quedó duda de que había robado Zadig el caballo del rey y la perra de la reina; condujeronle pues a la asamblea del gran Desterham, que le condenó a doscientos azotes y seis años de presidio. No bien hubieron dado la sentencia, cuando aparecieron el caballo y la perra, de suerte que se vieron los jueces en la dolorosa precisión de anular su sentencia; condenaron empero a Zadig a una multa de cuatrocientas onzas de oro, porque había dicho que no había visto habiendo visto. Primero pagó la multa, y luego se le permitió defender su pleito ante el consejo del gran Desterliam, donde dijo así:

Astros de justicia, pozos de ciencia, espejos de la verdad, que con la gravedad del plomo unís la dureza del hierro, el brillo del diamante, y no poca afinidad con el oro, siéndome permitido hablar ante esta augusta asamblea, juro por Orosmades, que nunca vi ni la respetable perra de la reina, ni el sagrado caballo del rey de reyes. El suceso ha sido como voy a contar. Andaba paseando por el bosquecillo donde luego encontré al venerable eunuco, y al ilustrísimo caballerizo mayor. Observé en la arena las huellas de un animal, y fácilmente conocí que era un perro chico. Unos surcos largos y ligeros, impresos en montoncillos de arena entre las huellas de las patas, me dieron a conocer que era una perra, y que le colgaban las tetas, de donde colegí que había parido pocos días hacia. Otros vestigios en otra dirección, que se dejaban ver siempre al ras de la arena al lado de los pies delanteros, me demostraron que tenia las orejas largas; y como las pisadas del un pié eran menos hondas en la arena que las de los otros tres, saqué por consecuencia que era, si soy osado a decirlo, algo coja la perra de nuestra augusta reina.

En cuanto al caballo del rey de reyes, la verdad es que paseándome por las veredas de dicho bosque, noté las señales de las herraduras de un caballo, que estaban todas a igual distancia. Este caballo, dije, tiene el galope perfecto. En una senda angosta que no tiene más de dos varas y media de ancho, estaba a izquierda y a derecha barrido el polvo en algunos parajes. El caballo, conjeturé yo, tiene una cola de vara y cuarta, que con sus movimientos a derecha y a izquierda ha barrido este polvo. Debajo de los árboles que formaban una enramada de dos varas de alto, estaban recién caídas las hojas de las ramas, y conocí que las había dejado caer el caballo, que por tanto tenía dos varas. Su freno ha de ser de oro de veinte y tres quilates, porque habiendo estregado la cabeza del bocado contra una piedra que he visto que era de toque, hice la prueba. Por fin, las marcas que han dejado las herraduras en piedras de otra especie me han probado que eran de plata de once dineros.

Quedáronse pasmados todos los jueces con el profundo y sagaz tino de Zadig, y llegó la noticia al rey y la reina. En antesalas, salas, y gabinetes no se hablaba más que de Zadig, y el rey mandó que se le restituyese la multa de cuatrocientas onzas de oro a que había sido sentenciado, puesto que no pocos magos eran de dictamen de quemarle como hechicero. Fuéron con mucho aparato a su casa el escribano de la causa, los alguaciles y los procuradores, a llevarle sus cuatrocientas onzas, sin guardar por las costas más que trescientas noventa y ocho; verdad es que los escribientes pidieron una gratificación.

Viendo Zadig que era cosa muy peligrosa el saber en demasía, hizo propósito firme de no decir en otra ocasión lo que hubiese visto, y la ocasión no tardó en presentarse. Un reo de estado se escapó, y pasó por debajo de los balcones de Zadig. Tomáronle declaración a este, no declaró nada; y habiéndole probado que se había asomado al balcón, por tamaño delito fue condenado a pagar quinientas onzas do oro, y dio las gracias a los jueces por su mucha benignidad, que así era costumbre en Babilonia, ¡Gran Dios, decía Zadig entre sí, qué desgraciado es quien se pasea en un bosque por donde haya pasado el caballo del rey, o la perrita de la reina! ¡Qué de peligros corre quien a su balcón se asoma! ¡Qué cosa tan difícil es ser dichoso en esta vida!

F.G. Haghenbeck “El caso tequila”, “Trago amargo”

 Sunny Pascal

Sunny Pascal se describe como un “sabueso beatnik… Mitad en todo: mitad mexicano, mitad gringo, mitad alcohólico, mitad surfer; mitad vivo, mitad muerto..”.  Vive en los Ángeles en la década de los sesenta y tanto en El caso tequila como en Trago amargo es contratado para viajar a Acapulco y a Puerto Vallarta para,  respectivamente, “cuidar artistas hollywoodenses”.

 El nombre de un coctel da título a cada uno de los capítulos de estos dos libros, siendo “La última ronda” y “La última copa” los últimos. Luego se describen los ingredientes del coctel y la forma de prepararlo; se reseña cómo supuestamente se inventaron, qué personajes famosos lo bebían y hasta con qué canción se escuchan.  Bien por estas pequeñas introducciones para reposar de las crudas borracheras y del acelerado ritmo de la lectura.

Me encanta cómo Haghenbeck inserta epítetos para caracterizar (más que calificar) cosas, gentes o situaciones y que nos hace soltar la carcajada por su originalidad e ironía. Por ejemplo, en su dedicatoria a Silvia “….por el cariño, el apoyo y el haber tomado prestado parte de su vida para esta novela. Prometo devolverla cuando la deje de usar”

 El caso tequila

La maravillosa bahía de Acapulco, su costera, playas, residencias, hoteles, el ambiente de turistas nacionales y extranjeros, el clima, vaya, todo, hicieron de Acapulco, hasta hace muy poco, un verdadero paraíso, con adanes, evas, serpientes y muchas manzanas que morder. Durante la década de los sesenta, la celebración de la llamada “Reseña mundial de cine” le agregó el glamur hollywoodense.

 A este Acapulco de los sesenta  llega Sunny Pascal para ver qué está pasando con Johnny Weissmuller, “Tarzán”, uno de los dueños del paradisiaco hotel Los Flamingos. Ann Margaret, John Wayne y Frank Sinatra aparecen en este thriller, pero también agentes cubanos, de la CIA y del FBI involucrados con lo que está pasando en Cuba y con el asesinato de Kennedy. Y por supuesto las autoridades acapulqueñas y los políticos mexicanos como Mario Moya Palencia quien durante la presidencia de Miguel Alemán jugueteó con la idea de instalar casinos en el puerto. Completan el cuadro los secuaces de la mafia de Sam Giacana  Muchas cosas pasan, Haghenbeck hace que todos los personajes se relacionen entre sí, pisándose los talones, embaucándose y traicionándose a tal velocidad que nosotros lectores parecemos correr detrás de ellos tratando de alcanzarlos.

 En “El caso tequila” hay mucho de todo: portafolios repletos de dólares, alcohol, crítica política, chismorreo, violencia, sexo y por supuesto ¡cadáveres!.

 Trago amargo

La novela se desarrolla durante la filmación de la película “La noche de la iguana”, basada en la obra del mismo nombre del escritor americano Tennessee Williams, rodaje que en 1964 haría famoso a Puerto Vallarta. El director de la película fue John Huston y los actores principales Richard Burton, como el sacerdote anglicano alcohólico que se retira a vivir a México, Ava Gardner, Deborah Kerr y Sue Lyon.  Dada las personalidades explosivas de los actores, John Houston les había regalado un revolver con balas doradas en las que estaban escritos los nombres de cada uno de ellos, por si las necesitaban.

También “por si pasa algo”, el productor de la película Ray Stack,  contrata a Sunny para cuidar la filmación. En su viaje por coche a Puerto Vallarta, conoce en un bar de Mazatlán a un “veterano” entrado en años  que luego conoceremos como Billy Joe.  Sunny llega a un Puerto Vallarta todavía más pueblo que ciudad. Para llegar a Mismaloya, la playa virgen donde se filma la película tiene que viajar diariamente en lancha. Ahí, su trabajo no era muy diferente a no hacer nada, comenta al principio, sentado en un bar viendo cómo llegan los actores, entre ellos Richard Burton acompañado de Elizabeth Taylor en el momento en que tal vez formaban la pareja más famosa del mundo. Con epítetos precisos e irónicos va describiendo al elenco y a sus acompañantes como  “la rubia” Eva Martine maestra y tutora de la jovencísima Sue Lyon quien también llegó acompañada su novio; habla de los asistentes como Goman y de los mexicanísimos Emilio el “Indio” Fernández y Gabriel Figueroa.

 En Trago amargo tamabién hay exceso de todo: alcohol, sexo, droga, violencia como resultado de sobredosis, violación, el robo de un rollo de fotografía y del anillo de esmeraldas de Elizabeth Taylor. Hay guardaespaldas y el Sargento Quintero de la policía local y hasta aparece el tristemente célebre abogado mexicano Bernabé Jurado.

 Hacia la mitad del libro, en una noche muy complicada, después de contar su vida en unos cuantos párrafos, Sunny exclama: “ni siquiera me gustó la historia de mi vida”.

Francisco Gerardo Haghenbeck. Ciudad de México. 1965.

F.G. Haghenbeck. El caso tequila. México: Roca Editorial.  2011. 219 págs.

F.G. Haghenbeck. Trago amargo. México: Roca Editorial.  2009. 140 págs

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