Padura herejes

 Detective CHICAMario Conde

Herejes

“Conde comprobaría que en un rincón remoto del infinito, incluso las líneas más paralelas también encuentran su punto de coincidencia” (p.185)

Con las ilimitadas licencias que da este género, los personajes de Herejes cavilan y especulan sobre religión, libertad y albedrío y ¿será? la posibilidad que tenemos de elegir. Entre largas reflexiones se cuentan muchas cosas: exilios y holocaustos, crímenes y genocidios, historias judías y cubanas,  se comparan la mentalidad judía y la alemana nazi y se atreven a interpretar el holocausto con la idea del deseo que tienen unos de parecerse a los otros y viceversa.  Y con su gran maestría, Leonardo Padura mueve al lector entre 1643 y 2009. Su eje es una pintura (de Rembrandt), más bien un rostro (Cabeza de Cristo), más bien su modelo (Elías Ambrosio Montalbo de Ávila), un judío hereje que se atrevió a querer ser pintor en la Nueva Jerusalén (Ámsterdam) en el siglo XVII.  Siglos después, la pintura serviría para pagar el desembarco en Cuba de la familia Kaminsky (el padre, la madre y una hija pequeña), que huían de la Alemania nazi en 1939.  En 1958 Daniel Kaminsky, el hijo sobreviviente, vería la pintura colgada en la sala de una mansión de un funcionario en La Habana. Y en 2008 Elías, el hijo de Daniel, pintor él mismo, viaja a Cuba para tratar de averiguar cómo llegó esa pintura a Londres para ser subastada en dos millones de dólares.

“El libro de Daniel”. En un día de mayo de 1939 el niño Daniel Kaminsky esperó inútilmente en el puerto de La Habana el desembarque de su padre Isaías Kaminsky, de su madre Esther Kellerstein y de su pequeña hermana Judith, judíos polacos de Cracovia que viajaban en el transatlántico S.S.Saint Louis. Unos años antes, cuando la situación nazi empezó a alarmar a los judíos polacos, Daniel había sido enviado a Cuba a donde el hermano de su padre Joseph Kaminski. Los casi mil pasajeros judíos que huían del horror nazi no tuvieron su suerte y no fueron autorizados a desembarcar y el transatlántico tuvo que abandonar aguas cubanas unos días más tarde. Muchos de ellos, como los padres y la hermana de Daniel, perecerían en los campos de concentración.

Supuestamente Isaías Kaminsky traía consigo una pequeña pintura de Rembrandt que había pasado de generación en generación en la familia Kaminsky y que esperaban serviría para negociar el desembarco de la familia. En 2007 Elías, el hijo de Daniel, ya nacido en Estados Unidos, viaja a la Habana para contratar a Mario Conde.  Le cuenta que en Londres se había anunciado la subasta de una pintura de Rembrandt con el rostro de Cristo, la misma que aparece en las fotos de la familia, y que el vendedor había comprobado su autenticidad con un certificado fechado en Berlín en 1928, y otro en La Habana en 1940.  Elías le dice que no le interesa la pintura por sí, sino conocer la causa de por qué sus abuelos no desembarcaron, que la pintura se quedó en La Habana pues su padre la había visto colgada en 1958 en casa de un alto funcionario del gobierno.  También le contó que unos días después ese funcionario fue brutalmente asesinado y que su padre y madre abandonaron Cuba un mes más tarde. “Pero sobre todo” –le dice- “quiero saber por qué mi padre no recuperó el cuadro que le pertenecía, y más si hizo lo que parece haber hecho. Y donde coño estuvo mentido ese cuadro todos estos años…”(p.117)

CONDE. Mario Conde tiene cincuenta y cinco años, sigue soltero, repite que fue diez años policía y veinte no; se dedica a buscar libros en bibliotecas privadas para lueago revenderlos; bebe ron barato y fuma compulsivamente, es uno más de los tantos habitantes de una nación desahuciada que no alcanzaron a conocer el significado de palabras como esperanza o futuro; que parecen tener aliento solo para recordar lo que han oído o lo que han leído. Su poca estabilidad se la dan sus amigos de siempre, y Tamara. Tal vez, Conde es la imagen antropomórfica de una Cuba en los estertores previos a la muerte, “moribundos del futuro”, les grita a sus queridos amigos en una playa de La Habana al atardecer, “Yo vi cosas que los humanos no creerán. Vi naves de ataque incendiadas en Orán. Vi rayos cósmicos brillar cerca de la Puerta de Tannhäuser. Pero todo eso se perderá en el tiempo, como lágrimas en la lluvia. Es tiempo de morir”. (p.197. Blade Runner).  Conde acepta investigar la trayectoria de la pintura y empieza a desandar el camino que lo llevaría también a resolver el crimen.

“El libro de Elías”.  Padura, más ambicioso que nunca, se remonta a “La nueva Jerusalén”, la ciudad de Amsterdam en el siglo XVII. Un joven judío de nombre Elías Ambrosius Montalbo de Avila hace lo posible para entrar como aprendiz al taller de Rembrandt, de quién el autor nos irá llenando de   detalles sobre todas las vicisitudes por las que pasaba el pintor  y cómo el aprendiz modela para su cabeza de Cristo.  La pintura era un oficio prohibido por el judaísmo y cuando Elías Ambrosio es descubierto y delatado por su propio hermano tiene que huir de Ámsterdam. Lo veremos en Polonia y luego siendo testigo de una terrible matanza de judíos en la llamada Pequeña Rusia. Elías Ambrosio llevaba consigo ese pequeño panel con la Cabeza de Cristo que Rembrandt acabó regalándolo. 130 páginas de descripciones de la ciudad, las pinturas, los personajes, la política, y largas disquisiciones sobre libertad, libre albedrío y judaísmo.

“Libro de Judith”.  Judy es nieta e hija de funcionarios cubanos. Su amiga Yadine Kaminisky es la nieta del hijo adoptivo del tío Joseph.  Cuando Conde lleva a Elías a conocer a la familia de su tío, la muy joven Yadine le pide que la ayude a encontrar a su amiga Judy que ha desaparecido. Conde se introduce en el mundo de la juventud cubana contemporánea, en la que como en otras muchas partes, algunos se identifican en “tribus”. En el caso de Judy y Yadine, pertenecen a la “tribu emo” caracterizada por una vestimenta muy peculiar y una actitud depresiva que los hace autolesionarse.  Con la investigación de la desaparición de Judy “Conde comprobaría que en un rincón remoto del infinito, incluso las líneas más paralelas también encuentran su punto de coincidencia” (p.185)

AutorLeonardo Padura. Cuba, 1956.

FichaLeonardo Padura. Herejes. España: Tusquets. 2013. 516 págs.

 

Padura herejes imagen“Cabeza de Cristo”.

Rembrandt (Rembrandt Harmenszoon van Rijn) (1606 – 1669)

circa 1648-56

Oil on oak, inserted into a larger oak panel – H. 33.7 cm; W. 28.9 cm – Signed bottom right: Rembran. / f. 1656 – John G. Johnson Collection, Philadelphia Museum of Art, Philadelphia, cat. 480. Philadelphia Museum of Art

 

 

 Padura. La cola de la serpiente

La cola de la serpiente

 

La narración se sitúa en 1989 pero el narrador escribe desde un presente más cercano porque hay referencias a lo que sucedió en ese año y en otros posteriores. La teniente Patricia Chion, mulata de madre negra y padre chino, seduce a Mario Conde para que lleve a cabo la investigación del sangriento asesinato de Pedro Cuang, un viejo emigrante chino. Para ello, Mario tendrá que entrar al barrio chino en La Habana, recurrir e investigar a otros chinos emigrados como el padre de Patricia, Juan Chion y Francisco Chiu, personaje importante por su asociación con la Sociedad Con Cun Sal en la cual veneran a un santo San Fan Con. “Huele a chino”, comentará constantemente Mario, al mismo tiempo que va descubriendo lo que queda de ese barrio y sus habitantes sometidos, como todos los emigrantes “a la soledad, el desprecio y el desarraigo”. El asesinado Pedro Cuang acaba siendo un “cobrador” del Banco de apuntación, algo así como cobrador de apuestas, que por alguna razón logró quedarse con los cobros de un banquero.

Padura tiene un estilo muy peculiar para decirnos esto leí, esto me gusta, esto se debe de leer, en vez de alusiones indirectas o casi simbólicas; en un momento de la novela, Padura hace que Mario lea los títulos de libros manoseados y acumulados sobre una silla: Islands in the Stream, de Ernest Hemingway, The Catcher in the Rye de J. D, Salinger, Conversación en la Catedral de Mario Vargas Llosa, El siglo de las luces de Alejo Carpentier y Fiebre de caballos, de Leonardo Padura, porque cualquiera de esos libros, representa lo que él hubiera querido escribir, pero que en realidad había preferido vivir como el parásito de otros escritores, o sea, como lectores.

En algún momento, como lectores, casi perdemos el sentido de la realidad exterior para vivir en una ciudad que ya ha perdido toda la esperanza, que se desmorona ante los ojos de los cubanos.  De aquí la importancia de Padura y género, que al describir lo que se ve, sin que la crítica social o política sean los objetivos, porque el objetivo es claro: el crimen y su resolución, no está sujeta a los mismos criterios de censura estatal y logran proyectar una visión mucho más realista. Bien lo dice Padura: lo narrado es ficción, aunque tiene un fuerte contenido de realidad, la historia no ocurrió en la realidad, aunque bien pudo haber ocurrido.  Porque en La Habana de 1989 ya no hay ron, los cortes de luz son frecuentes, la policía también es corrupta, efectos colaterales de un régimen totalitario y decadente.

FichaPadura, Leonardo, La cola de la serpiente. España: Tusquets. 2011. 192 págs.

Padura elhombrequeamabaalosperros

EL HOMBRE QUE AMABA LOS PERROS

La utopía pervertida.

 

Para los personajes de El hombre que amaba a los perros de Leonardo Padura, la utopía comunista se trastocó en la “utopía pervertida”. Y una de las numerosísimas historias que podrían mostrar esa perversión, es el tema de esta novela, el largo y oscuro complot para asesinar a Trotsky. 

     Narrada desde un presente muy cercano y con una postura mucho más desencantada que crítica, Padura reconstruye las historias personales de Iván, el narrador, cubano, que escribe un libro que nunca publica y que conocemos gracias a su amigo Daniel; la del asesino, Ramón Mercader del Río, alias Jacques Monreal, alias Fran Jacson, alias Ramón Pavlovich López, alias Jaime López; y la historia de la víctima, Liev Davídovich, alias León Trotsky. En 573 páginas, Padura integra, magistralmente, cada historia en sus propios contextos históricos: la Cuba de Castro, la Guerra Civil Española, la Rusia de Stalin y la Rusia de los sesenta y el México de Lázaro Cárdenas.

     Sólo alguien educado en la utopía del comunismo puede, sin artificios,  darle voz al Ramón joven idealista, al Ramón cínico y al Ramón amargado y entender los contrastantes contextos para estructurar  su novela: las conspiraciones preliminares al crimen, iniciadas en los últimos años caóticos de la Guerra Civil española, las noticias del terrible genocidio estalinista,  la vida en Moscú en los años sesenta, y los efectos devastadores de una Cuba secuestrada. Con excesivo detalle, Padura rehace el exilio de Trotsky acompañado de su esposa Natalia, de secretarios y secretarias, guardaespaldas y perros, pero sobre todo, denuncia la lista interminable y cada vez más escalofriante, de los crímenes de Stalin.  Recrea, sin el romanticismo que lo ha caracterizado, el México de Diego Rivera y Frida Kahlo de los años treinta y hace el más desolador retrato del derrumbe moral y físico de Cuba.

     No es gratuito ni que Iván haya estado leyendo el cuento de Chandler que da nombre a esta novela, en una playa de La Habana en 1977, cuando tuvo su primer encuentro con Jaime López, ni que este acontecimiento aparezca al inicio del libro. Porque Padura sabe, muy bien, cómo presentar las piezas del rompecabezas que permite a los lectores participar activamente en el desarrollo de este muy largo complot.

FichaPadura Leonardo. El hombre que amaba a los perros. México: Tusquets Editores. 2009. 573 págs.