“La invención de Morel, «objeto artificial», es una ficción científica, policíaca, fantástica, pero sobre todo amorosa”.  Margo Glantz*

Las 126 páginas de La invención del Morel (1940), del escritor argentino Adolfo Bioy Casares (1914-1999),  despliegan “una Odisea de prodigios”. Una novela que “…no me parece una imprecisión o una hipérbole calificarla de perfecta”: Jorge Luis Borges**.

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Hoy, en esta isla, ha ocurrido un milagro… Escribo eso para dejar testimonio del adverso milagro”.  Al fugitivo lo ha despertado un fonógrafo.  Creía que la isla donde se había refugiado estaba deshabitada.  En la parte alta de la isla había tres construcciones modernas, el museo, la capilla y la pileta de natación, y ahí habían aparecido unos intrusos; el fugitivo-narrador cuenta cómo se acerca, los ve aparecer y desaparecer en los bordes de la colina, se fascina por la mujer llamada Faustine, sobre todo cuando está sentada sobre las rocas contemplando los crepúsculos, se altera cuando la ve platicar en francés con el hombre de barba, el científico, Morel.

El fugitivo-narrador pasa los días sobreviviendo con los recursos de la isla, espiando a los intrusos, imaginando y completando sus diálogos y escribiendo un diario-informe pormenorizado, de la isla, de los intrusos, de los motores que se encienden gracias a los movimientos de las mareas y encienden grabadores de sonido e imagen, reproductores y proyectores, y el uso de espejos (of course).  A veces hay dos soles y dos lunas o dos mareas y entre mareas los intrusos no aparecen. A veces aparece un barco.

El fugitivo está resuelto a resolver el enigma de la aparición de los intrusos que desaparecen entre las mareas, los dobles soles y las dobles lunas.  Estudia los motores y las máquinas apropiadoras y reproductoras de imágenes.  Y se enamora de Faustine.

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La invención de Morel es una novela que fascina. No es una novela de ciencia ficción ni una novela fantástica, sino una novela de enigmas, de investigaciones y descubrimientos. Y de suspenso. Una novela atemporal que anhela lo permanente y con ello la inmortalidad. Y el amor.

La trama de la novela plantea un enigma que a lo largo de la lectura se va dilucidando; que el mismo Morel explica; y que el narrador fugitivo anota en su informe.  Por su extraordinaria cultura, se hace más difícil dilucidar los innumerables enigmas que el autor va plantando a lo largo del texto (el título, La invención de Morel alude a la novela de ciencia ficción La Isla del Doctor Moreau de H.G. Wells (1896)). Fascinan sus falacias maravillosamente realistas y la riqueza en tropos: comparaciones, alegorías, hipérboles, metáforas, simbolismos, sinestesias. Y oxímorons.

Al fugitivo narrador, y a nosotros los lectores, nos va fascinando la realidad que Morel ha logrado crear gracias a los avances tecnológicos para grabar el sonido y la imagen y reproducirlos, de la misma forma como nos fascina “la magia del cine” por sus efectos sonoros y visuales.

Ochenta años después de su publicación hablamos de “realidad virtual”, esto es, entornos de otras realidades creados gracias a las tecnologías en los que nos podemos sumergir.  Como se sumergió el fugitivo-narrador en la isla de Morel, que es la isla de Bioy, la isla de nosotros los lectores.

“Realidad virtual”***, un oxímoron que fascina. Acaso La invención de Morel es un perfecto oxímoron.

“Al hombre que, basándose en este informe, invente una máquina capaz de reunir las presencias disgregadas, haré una súplica: Búsquenos a Faustine y a mí, hágame entrar en el cielo de la conciencia de Faustine. Serán un Acto piadoso”.

Citas:

*Margo Glantz. Bioy Casares y la percepción privilegiada del amor: la invención de Morel y la arcadia pastoril. Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes. http://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/bioy-casares-y-la-percepcin-privilegiada-del-amor—la-invencin-de-morel-y-la-arcadia-pastoril-0/html/20178c67-f538-4218-8e7a-e1aef578822c_3.html

Para Glanz “Esa ficción científica se va aclarando ante nuestros ojos que siguen las peripecias del manuscrito. El manuscrito resuelve el enigma policíaco al darnos la identidad del asesino que ha ideado el crimen perfecto con el pretexto de la inmortalidad; el manuscrito resuelve teóricamente el invento de ese Morel que ha asesinado a sus amigos para inmortalizarlos

**Jorge Luis Borges. Prólogo a la Invención de Morel. “Las ficciones de índole policial -otro género típico de ese siglo que no puede inventar argumentos- refieren hechos misteriosos que luego justifica e ilustra un hecho razonable; Adolfo Bioy Casares, en estas páginas, resueve con felicidad un problema acaso más dificil.  Despliega una Odisea de prodigios que no parecen admitir otra clave que la alucinación o que el símbolo, y plenamente los descifra mediante un solo postulado fantástico per no sobrenatural”.

***La expresión “realidad virtual” empezó a usarse en la década de los ochenta del siglo veinte.

Adolfo Bioy Casares. Argentina 1914-1999.

Adolfo Bioy Casares. La invención de Morel. Buenos Aires: Alianza. 1983. 126 págs.