Detective CHICA Yeruldelgger

Yeruldelgger, muertos en la estepa (2013), del autor francés Ian Manook presenta y resuelve con detalle la investigación que llevan a cabo el comisario Yeruldelgger, su fiel colega Oyún y la médico forense Solongo, sobre la muerte de una niña no mongol en las estepas de Mongolia y el violento asesinato de tres chinos en Ulán Bator.  Con una trama interesante, reveladora y muy dinámica, personajes entrañables, e imágenes visuales portentosas, lo que hace especial a este thriller es la Mongolia actual, cuando los mongoles pudieron volver a tener apellidos.  Muertos en la estepa muestra, tal vez desde la mirada romántica de un escritor extranjero, la sorprendente reacción de valorización y orgullo por lo mongol después de la dominación soviética, al mismo tiempo que el país se moderniza y se abre al turismo extranjero.

Encerrada entre Rusia y China y sin salida al mar, Mongolia está formada por extensas estepas entre las montañas del norte y el desierto de Gobi al sur donde se encuentran los llamados “Acantilados Llameantes”, Flaming Cliffs.

flamming-cliffs

Mongolia fue centro del imperio mongol de Genghis Kan y Kublai Kan; a su desaparición y hasta su muy reciente independencia en 1992, fue conquistada y cambiada de nombre varias veces. La dominación soviética le cambió el nombre, prohibió su lengua, destruyó sus templos, masacró a sus monjes, suprimió los apellidos para romper la organización en clanes, cambió el paisaje urbano con “la monstruosidad de la arquitectura soviética, o mejor, de aquella no-arquitectura” de edificios geométricos de concreto y las burguesas dachas neorusas, sin que por su naturaleza nómada, los mongoles abandonaran sus “yurtas”.

yurta

 

Mientras el comisario Yeruldelgger Khaltar Guichyguinnkhen desenterraba el cuerpo de una pequeña niña no mongol y su triciclo rosa en las estepas a tres horas de Ulán Bator, su colega Oyun buscaba los testículos de tres chinos brutalmente asesinados en las oficinas de una empresa china en los suburbios de la capital mongol.  Cuando la familia nómada que había encontrado el cuerpo de la niña lo despidió rociando gotas de la primera leche de ese día a los cuatro puntos cardinales, Yeruldelgger sintió un muy fugaz momento de felicidad “por pertenecer a un país que bendecía a los viajeros y nombraba con la misma palabra a los féretros y a las cunas”, amaba Mongolia, respetaba las tradiciones y creía en cosas inexplicables, en influencias, en interacciones y en algún tipo de interferencias.  Pero su pequeña hija Kushi, como la niña encontrada, estaba muerta, Uyunga, su esposa, desconectada del mundo, estaba a punto de perder a Saraa, su hija mayor y, él su cordura. Hacia la mitad del libro Yeruldelgger física y espiritualmente destrozado se refugia en el monasterio budista de Yelintey, escondido en el magnífico parque natural de Terelj, gracias a lo cual pudo escapar de la destrucción soviética. Bajo la guía de la sabiduría milenaria Yeruldelgger encuentra la fuerza para renovarse, resolver los casos, salvar a su hija Saraa, y salvarse él mismo.

800px-gorkhi_terelj_park

Las investigaciones de Yeruldelgger, las de la bella y sensible médico forense Solongo y las de la perspicaz y solidaria detective Oyún, los llevan a buscar a los padres desaparecidos de la niña de cinco años no mongol en los “Alcantilados llamantes”; Solongo había descubierto que lo que tenía atrapado la manita de la niña era un pequeñísimo hueso de dinosaurio. Al mismo tiempo buscan conexiones entre la muerte de los chinos, de dos prostitutas, la banda de motoristas de cuatrimotos del Nido del Águila, comandados por un mongol xenófobo “Adolf el Lobo”, jefe también de un grupúsculo seudo neonazi, un magnate coreano, Park Kim Lee, los empresarios chinos, el jefe Mickey, el campamento del Oso y un caudillo local, el suegro de Yeruldelgger.

La lectura de Muertos en la estepa provoca en el lector intensas imágenes visuales: los chinos emasculados; Saraa, la hija mayor de Yeruldelgger, rescatada con graves quemaduras por haber estado en las cloacas de Ulán Bator, refugio de los más pobres para sobrevivir en la ciudad capital más fría del mundo, por sus miles de kilómetros de tubos y conductos que recorren el subsuelo distribuyendo el agua caliente y calefacción; el re-entrenamiento de Yeruldelgger en el monasterio budista de Yelintey; la fiesta nacional del “naadam”; las carreras de cuatrimotos por las estepas; la escena de la fosa y las serpientes. Solongo rozando con la punta de los dedos la piel del cuerpo de Saraa para extender sobre su cuerpo cubierto de ampollas por las quemaduras, la grasa de oso de veinte años que sacaba de un frasco grande de cristal que le había enviado su madre.

…sentadas en dos taburetes bajos de madera pintados de vivos colores, al sol fresco del jardín, delante de la yurta. Solongo había echado el té en el agua burbujeante. Al primer hervor había añadido la leche y retirado la tetera del fuego, luego le había echado una pizca de sal. Oyun había observado con satisfacción cómo ejecutaba, en silencio y con elegancia, cada gesto de la tradición. A continuación, Solongo había aireado el té salado con leche ayudándose de un cucharón que guardaba sólo para eso, después añadió una cucharada de harina, como ambas habían visto hacer a sus madres en la estepa cuando eran niñas.

Además de la intensidad del thriller, de su excepcional contexto y extraordinarios personajes y aunque “los mongoles no cuentan sus sueños”, el autor se toma la libertad de contar el mismo sueño que sueñan Yeruldelgger y Solongo, porque para los mongoles

“Los sueños son un lenguaje. No son adivinatorios ni premonitorios. No hacen otra cosa que intentar decirte aquello que no te atreves a confesarte. Todo lo que aparece en tu sueño está ya en ti. Está hecho de detalles enterrados, de intuiciones fugaces, de deducciones reprimidas que él te restituye con una lógica distinta a la de tu pens amiento. Lo supiste y lo has olvidado, pero has comprendido su primer mensaje, espero. Has vuelto a conectarte con tu animal tótem. Has vuelto a ser el águila dorada de alas jaspeadas que estaba entre nosotros. Es ella quien te lleva por encima de la estepa al inicio de tu sueño, y eso es una buena señal…”

AutorIan Manook, seudónimo de Patrick Manoukian, Francia 1949.

FichaIan Manook. Yeruldelgger, muertos en la estepa. Barcelona: Ediciones Salamandra.2016. 480 págs. Kindle Edition