Publicado en “Babelia” –  “El País”: 

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Las reglas del misterio

En ese margen tan estrecho del thriller se mueve ‘La isla mínima’ de Alberto Rodríguez

 11 OCT 2014 – 00:00 CEST

El enigma policial es una forma narrativa perfecta, tan cerrada sobre sí misma como un soneto, o como una sonata clásica de piano, tan reiterativa y tan flexible como el blues. El enigma policial suele suceder en la contemporaneidad de su escritura, y por lo tanto acarrea de manera natural todos los materiales de lo inmediato y lo cotidiano, pero al mismo tiempo su forma procede de algunos de los arquetipos narrativos más antiguos y más universales: el cuento del tesoro perdido, el del héroe errante que ha de descifrar acertijos sucesivos y superar pruebas gradualmente más difíciles. Como cualquiera de los géneros de la literatura popular y del cine, el enigma policial (el thriller, el pollar, el giallo, el film noir: un indicio de su atracción es la variedad y la belleza de los términos que lo nombran) ha de atenerse a normas muy estrictas, casi todas ellas codificadas por Edgar Allan Poe en Los crímenes de la calle Morgue:un hecho atroz, casi siempre un asesinato, sucedido en circunstancias extrañas, por un culpable que ha desaparecido dejando solo algunos indicios muy dudosos; un investigador muy inteligente, con dotes de observación muy superiores a quienes lo rodean, con alguna rareza en su carácter, porque él mismo también es un misterio; un proceso de búsqueda guiado por la agudeza del detective, que atraviesa en su indagación diversos escenarios y medios sociales, y va encontrando a su paso enigmas añadidos, sospechosos posibles, y superando peligros, algunos de ellos mortales; una solución a la vez rotunda y sorprendente, que deje maravillado al espectador o al lector, al trastornar por completo sus expectativas.

El esquema de Poe resaltaba las cualidades intelectuales del detective y el rigor del proceso de descubrimiento, como en un juego de alta precisión. Por la misma época, en Francia, la novela popular por entregas, el folletín barato que hacían posibles las nuevas tecnologías de la impresión, mezcla la figura del investigador con la del héroe justiciero que protege a los débiles y revela la corrupción y la hipocresía de los poderosos. Del Dupin de Poe vienen Sherlock Holmes y el insufrible Poirot de Agatha Christie. Los héroes del folletín francés inspiran en una cierta medida a los detectives privados de la novela policial y el cine americano, y a través de ellos a tantos que han venido después, y que rara vez me parece que estén a la altura de los más grandes y más originales: el agente sin nombre de la Continental y Sam Spade; el sarcástico y entristecido Philip Marlowe; el padre Brown de Chesterton, que lleva lo más lejos que puede la sugestión de lo maravilloso y lo sobrenatural para desmentirla luego con una clave razonable; el comisario Maigret, que resuelve los casos menos por deducción que por empatía, por puro conocimiento desengañado y cordial de la naturaleza humana.

Queremos que el abuso se remedie, que el crimen sea castigado, que esté clara la divisoria entre culpables e inocentes

El género policial seduce de manera inmediata porque es una metáfora de los procesos del conocimiento, de nuestro deseo de averiguar lo que está oculto y de nuestro instinto de equidad. Nos atraen los misterios, a condición de que puedan resolverse. Queremos que las historias tengan un final claro. Queremos que el abuso se remedie, que el crimen sea castigado, que esté clara la divisoria entre los culpables y los inocentes. Queremos historias que nos cuenten cómo es de verdad el mundo y queremos, con la misma intensidad, que nos cuenten un cuento. Queremos que las historias nos sorprendan, pero queremos también, más de lo que nosotros mismos imaginamos, que nos cuenten lo mismo que ya sabemos, lo que nos han contado antes.

Esa serie de exigencias incompatibles entre sí limitan la libertad de invención del narrador más todavía que los códigos formales. Contar historias policiales, lo mismo en el cine que en la literatura, es como escribir poemas sometiéndose a reglas métricas y estróficas muy rigurosas, que no pueden forzarse más allá de un cierto punto. Pero las normas, al mismo tiempo que imponen límites, también ofrecen posibilidades, y la presión formal a la que someten la inspiración es un acicate y un desafío para ella. Robert Frost decía que escribir poemas sin reglas era como jugar al tenis sin red. El riesgo de la norma está en el tedio de lo predecible: esos sonetos que se parecen exactamente a cualquier otro soneto; esos personajes de la novela o del cine de misterio que son estereotipos agotados; esas sorpresas de la trama que hasta el espectador más distraído adivina mucho antes de que lleguen. A Raymond Chandler, que ponía tanto cuidado en los argumentos de sus novelas como en su estilo, le exasperaba la dificultad de crear buena literatura teniendo que someterse a las normas del género.

Pero cómo brilla el género cuando se hace con solvencia técnica y con inspiración, con rigor y poesía. El enigma propulsa la trama al mismo tiempo hacia atrás y hacia delante: hacia la inquietud de lo que vendrá a continuación, hacia el descubrimiento de lo que sucedió antes del comienzo de la historia. Los materiales desordenados y convulsos de la realidad se organizan en una composición gradualmente inteligible. El héroe vence, de una cierta manera, porque averigua el misterio, pero también es vencido, porque la injusticia y la maldad del mundo tienen poco remedio. El arco de la historia se cierra al final, con precisión geométrica, pero al mismo tiempo deja un espacio en blanco, que es el continuará de los folletines y de los tebeos antiguos.

He disfrutado todos los pormenores del thriller viendo La isla mínima, de Alberto Rodríguez. Quizás llega un momento en que uno prefiere los misterios policiales en el cine o en las series de televisión más que en la literatura. Veía la película en la hermosa amplitud de una pantalla de cine, al mismo tiempo dejándome seducir por la fuerza poética y narrativa de las imágenes y fijándome en el modo en que la historia unas veces se atiene a las normas estrictas del género y otras las tensa para ir algo más allá, para abarcar, en torno al hilo de la indagación, la crónica de unos años precisos y de una cierta situación social, en un paisaje natural tan prodigioso como el delta del Misisipi que lo convierte todo en alucinación visual y mitología. En un relato de género queremos que las convenciones necesarias se cumplan y queremos también que no resulten evidentes. Pero eso es siempre lo que le pedimos al arte: que se parezca a lo imprevisible y a lo vibrante de la vida y a la vez que tenga un orden y una forma de los que la vida carece. Queremos misterios inauditos que desafíen la comprensión y queremos que esos misterios se aclaren, a ser posible de manera súbita y chocante, porque las explicaciones demasiado complejas nos aburren tanto como las previsibles. Queremos que se cumplan nuestras expectativas y al mismo tiempo que se nos desmientan.

En ese margen tan estrecho del thriller se mueve la historia de La isla mínima. El resultado es deslumbrante, a la altura de las reglas tan estrictas y tan prometedoras del juego. Y eso por no hablar de la sensación perturbadora de encontrarse uno sumergido en la atmósfera exacta de 1980, de ver todos los detalles sensoriales del pasado con una fidelidad inaccesible para la memoria…

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